Sólo José recuerda a las Rosas de Guzmán

Sólo José recuerda a las Rosas de Guzmán

Pedro El Sastre se llama en realidad José Domínguez Álvarez. Este puebleño enjuto y metódico con la vida y sus recuerdos nació el 18 de mayo de 1918. Conserva probablemente una de las memorias más activas y prolíficas de la provincia de Huelva. Es capaz de lucir con asombroso sentido de la libertad que dan los años, casi un siglo, un libro maldito por siempre en esta España decimonónica y caciquil hasta la exasperación: Las ruinas de Palmira, del ilustrado Conde de Volney. Una obra condenada en la piel hispana por su espíritu irreverente y poco modélico a ojos de la ortodoxia cristianizante de la España que le tocó vivir desde 1918 hasta nuestros días y que con tanta maestría representó en su tierra, Puebla de Guzmán (Huelva), un cura que tenía por nombre Juan R. O. Hombre de cruz y de espada.

Narra en su vasto anecdotario vital un detalle que a punto estuvo de delatarle durante su pertenencia al ejército franquista. Se paró a mirar libros, su gran afición, en un puesto callejero en las inmediaciones de una Cataluña (Lleida) en guerra y descubrió entre aquellas pastas manoseadas Las ruinas de Palmira. Miró a la anciana ambulante y le espetó “si quiere conservar la vida esconda ese libro”. Así lo hizo. Y aquel sastre que lo fue de veras siguió adelante junto a los soldados de su batallón.

José Domínguez fue reclutado por los nacionales en agosto de 1937, cuando la provincia de Huelva había sido ya dominada al completo por los fascistas y solo aguantaban en los campos y montes varios cientos de huidos, la mayoría ocultos en cuevas y pozos de mina, como su paisano Rodrigo Miguela le contaría después.

Este socialista que atesora hoy uno de los carnés más antiguos del partido de Pablo Iglesias, no en vano tiene 80 años de afiliación, ingresó por la fuerza de los hechos (cumplió los años en zona Nacional y en plena Guerra Civil) en las tropas de Franco después de soportar el fusilamiento de su propio padre, Diego Domínguez Ponce, segundo teniente de alcalde en Puebla de Guzmán. Y sin poder imaginar lo que viviría al poco tiempo de enrolarse en las filas del invicto Caudillo. [cita alineacion=”derecha” ancho=”50%”]Le escribía cartas a su madre desde el frente sin saber que, como su padre, había sido asesinada junto a otras ocho mujeres[/cita]

Fue enviado al frente, a batallar donde operaban las tropas italianas que apoyaban a Franco en La Alcarria. Desde aquellas tierras de miel, heladas negras, de esas que se meten bajo los terruños quebrados por el frío invernal que mata hasta las lombrices, escribía cartas a su madre, María Blasa. Sin saber que sólo días después de su marcha al frente bélico había sido también asesinada, en septiembre de 1937, por los fascistas locales junto a otras ocho mujeres en un angosto callejón puebleño conocido como el de la Fuente Vieja. Rosas de Guzmán que padecieron una venganza atroz durante los muchos días, semanas y meses que permanecieron retenidas en la vieja carnicería del pueblo, utilizada como almacén municipal.

LA LEY DE MEMORIA HISTÓRICA NO LLEGÓ A ELLAS

Diego Domínguez Ponce y María San Blas (Blasa) Álvarez Cano tuvieron cuatro hijos: María Jesús, a la que le mataron a su novio, José, Martín y José (Pedro el Sastre). A Blasa iban dirigidas las cartas inútiles que le mandaba su hijo desde el frente. “Estuve escribiendo a mi madre desde septiembre de 1937 hasta que me dijeron en diciembre que había muerto”, recuerda ahora José en su casa de Puebla, en medio de un increíble archivo personal, ordenado recuerdo con nombres, horas, testigos y víctimas de aquellos años que le rompieron el corazón y le fortalecieron la memoria.

No fue hasta el último mes del 37 cuando descubre la verdadera causa de la muerte de María Blasa, su asesinato a manos de los muy activos piquetes fascistas locales. Y supo también que su madre comparte una fosa común, donde hoy todavía reposan sus restos, junto a los de otras quince mujeres puebleñas asesinadas, y a las que no recuerda ni un simple monolito de esos que florecieron al calor de la Ley de Memoria Histórica. Como tampoco lo hace ninguna metopa o similar que haga referencia al centenar de vecinos asesinados por los represores locales que se hicieran triste y desgraciadamente famosos por todo el Andévalo y que parecían poseídos y devotos del pagano y sanguinario Baal, el dios vengativo que exigía sacrificios y que cuentan crónicas y curanderos que se llegó adorar en estas tierras de Tharsis y Cabezas Rubias en otros tiempos sin civilizar. Como estos. [cita alineacion=”izquierda” ancho=”50%”]Supo que su madre comparte una fosa común con otras quince mujeres a las que no recuerda ni un simple monolito de esos que florecieron al calor de la Ley de Memoria Histórica[/cita]

Él no puede olvidar. Ha ideado un proyecto para convertir el viejo cementerio puebleño en un lugar de memoria, lleno de vida, jardines, fuentes con agua clara. Y lo propone antes de que la piqueta o el hormigón acaben por engullir, esta vez para siempre, a las quince rosas allí enterradas y a las decenas de represaliados que yacen bajo los nichos derruidos, agrietados y expuestos a la intemperie.

José fue a la guerra con 19 años y hoy cree que estuvieron esperando a que “saliéramos del pueblo los reclutas para cometer sus bárbaros crímenes”. “Ordenaron el asesinato de aquellas mujeres y hombres sólo por satisfacer el instinto criminal fascista, ese ansia de destrucción de la vida que tenían”, apunta El Sastre, mientras busca uno de los muchos papeles donde lo tiene todo minuciosamente apuntado y que recoloca en su sitio como si se fuera a perder durante la entrevista.

Ninguna de estas mujeres tenía filiación política ni actividad sindical. Su único pecado fue el de formar parte de una familia en la que muchos de sus hombres habían sido ya eliminados.

Antes de ser asesinadas en el callejón de la Fuente Vieja muchas de ellas fueron vejadas en aquella lúgubre carnicería, siniestro lugar donde sus familiares iban a diario a llevarles la comida, con el temor de que cualquiera sería el último día de su existencia. “No se les hizo juicio, nada. Sacadas a media noche y llevadas a un paredón”.  Días después otras seis mujeres corrieron la misma suerte. [cita alineacion=”derecha” ancho=”50%”]Antes de ser asesinadas en el callejón de la Fuente Vieja muchas de ellas fueron vejadas en aquella lúgubre carnicería[/cita]

Su muerte, su crimen no fue tan anónimo como pretendían sus verdugos. José Domínguez tiene apuntados los nombres de testigos que vieron y oyeron los últimos momentos de aquellas Rosas de Guzmán en la flor de la vida que les quitaban cuando apenas sabían lo que era la juventud. “Tal fue la degeneración a la que llegaron sus verdugos que uno del pelotón levantó la falda a una de las que acababa de fusilar y le hizo gestos obscenos”, cuenta José Domínguez, que no para de buscar otra de sus notas en las que aparece subrayado en nombre de los testigos y alguno de los asesinos.

La vejación al cuerpo inerme de Dolores fue tan cruel que no pasó desapercibida al jefe del piquete de fusileros que amenazó con pegarle un tiro al autor de tal fechoría, quien antes la había estado acosando sexualmente sin lograr su objetivo. “A varias de ellas, antes de matarlas, las pelaron y le dieron aceite de ricino. Solo la venganza, la crueldad puede explicar ese comportamiento”, piensa José Domínguez, para quien no hay motivos para desencadenar aquella brutal represión. No les hizo falta buscar pretextos.

A los familiares de muchas de las víctimas les espetaban los simpatizantes del golpe contra la República en plena calle ‘Po y eso, parece que hemos cambiado el colorao por el negro”. Se referían a las proclamas republicanas que habían sonado en Puebla desde el mismo invierno de 1930, sustituidas ahora por el luto con olor a muerte que impregnaba e inundaba todo. Esa gente, muchos de los cuales llevaban una visible cruz colgada al cuello “no tenían corazón. Esa cruz no les tocaba nada más que la ropa”, señala José.

Otra de las justificaciones que dieron como pretexto para sus desmanes fue la quema de la iglesia y los daños a la ermita. “Si no hubieran quemado la iglesia… no hubiese pasado esto”. No, responde José, aquello era “fobia, rabia asesina, sed de venganza”. El Sastre dice que a mucha gente asesinada le dolió la quema de la iglesia aquella madrugada de julio y los actos sacrílegos contra la devoción de la Virgen de la Peña.

Después de todo aquello hay una cosa que sigue pensando José con todo el dolor de sus recuerdos: “Un arma grande de los franquistas fue el olvido, han llegado a desfigurar la realidad de un país. Y sus herederos políticos continúan hoy la tarea”.

Puede que tenga razón este enjuto nonagenario metido entre dos siglos que ahora se tocan en sus apuntes, en sus libros, cuadernos, en sus fotografías, en los ríos de palabras que fluyen en este deshielo de su vida, memoria viva del socialismo de los siglos XX y XXI.

No tuvieron mucha dificultad los fascistas en el caso de Puebla de Guzmán para encontrar un hilo conductor a sus fechorías pues había sido uno de los pocos pueblos de Huelva, las andalucías y España donde se abrazó con enorme y estruendoso entusiasmo el pronunciamiento militar, a favor de la República y contra la monarquía endeble de Alfonso XIII, de Galán y García Hernández en Jaca.

Qué se podía esperar de un pueblo con más de 7.000 habitantes, mina (Herrerías), mineros, casa de médicos, teatro (Aurora) en aquellos años 30 que precedieron a la causa republicana que nació el 14 de abril de 1931 y murió un 18 de julio de 1936.

La incansable memoria y el afán historiador de Pedro El Sastre evita que aquellos hechos, importantísimos, en el devenir de España en general y Huelva en particular se pierdan y olviden como si nunca hubiesen sucedido. Sus palabras revalorizan la historia local que luego será la de España.

Una vez más las letras de José sirven de guión para recordar en primera persona y revivir una España entre la dictadura (blanda de Berenguer), un desprestigiado Rey y la II República que poco a poco se abría paso en medio de un sinfín de tensiones y conspiraciones.

PUEBLA REPUBLICANA

El Gobierno consiguió aplacar el intento republicano con el fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández pero la lentitud en el circular de la noticia del fracaso de los militares, la desinformación y confusión que rodearon el momento llevaron a los puebleños, guiados por el maestro Francisco Lianes y Francisco Pérez Carrasco, a proclamar y hacer suya aquella República naciente. El pueblo andevaleño se convirtió así en uno de los primeros y pocos que abrazaron la nueva forma de gobierno. El Sastre describe al maestro Lianes como un sincero seguidor de “la evolución y la revolución de la enseñanza. Hizo desaparecer la palmeta (la letra con sangre entra) de la escuela ya en 1928”. Durante dos días, Puebla fue republicana.

El diario de José Domínguez Álvarez es tan útil para los estudiosos de la historia a pie de calle, un verdadero antídoto contra el olvido impuesto por 40 años de dictadura franquista, que realiza una verdadera disección de la represión fascista en Puebla de Guzmán. Pocos pueblos y sucesos de esta magnitud cuentan con un notario tan fiel. Un listado de un centenar de nombres de represaliados, depurados, vejados y, algunos, torturados que completa el aportado en el libro La Guerra Civil en Huelva, de Francisco Espinosa, y que alcanza 46 nombres, de los cuales 8 son mujeres.

La lista que ofrece El Sastre bajo el particular epígrafe de Relación de personas de Puebla de Guzmán asesinadas durante la inhumana represión franquista llega al centenar y no solo se basa en sus nombres y apellidos sino que ubica, describe los lugares y aporta, en algunos casos, los nombres de testigos que pudieron ver y oír los fusilamientos y sus consecuencias inmediatas, los cuerpos y cadáveres de las mujeres y hombres liquidados sin juicio previo ni prueba alguna en su contra. Inscribe a las víctimas pero añade a la fecha de su fusilamiento el lugar donde se cometió el acto criminal represivo, sus familiares y descendientes y en algunos casos los pormenores y circunstancias que rodearon los hechos. Para que no haya dudas, su relación incluye los apodos por los que eran conocidos en el pueblo y lugar de residencia.

El análisis de víctimas cuenta con tres apartados que llaman la atención: los asesinados que vivían fuera de Puebla de Guzmán; un completo subrayado de las víctimas femeninas de la purga criminal franquista y una concreta enumeración de personas de la misma familia que fueron víctimas de aquella masacre. Entre ellas destaca la suya, la familia Ponce-Álvarez, que además del propio matrimonio perdió a una hermana, María Domínguez Ponce; al yerno, Manuel Romero Fiscal; y a un sobrino, Mateo Domínguez Rodríguez. 26 nombres, unidos por la unidad familiar, masacrados entre la Fuente Vieja, la Curva de la Muerte o un domicilio particular. Aquí apunta José Domínguez el caso de  Dolores Ponce Barbosa, la del Barrio Chico, 27. Junto a las listas incluye los nombres de puebleños que vieron y han podido contar algunos de los hechos.

A un joven José Gómez Montesinos, a quien despiertan los disparos del pelotón de fusilamiento de la Curva de la Muerte cuando estaba dormitando en una era de las inmediaciones. Bajó a ver lo que pasaba y un miembro del piquete le advirtió y le obligó a irse. “Tuvo suerte, pudo ser el número 22 de los fusilados aquel día de agosto de 1936″, subraya. Otros (Diego Mora y su padre, los Tangonero), cuando se encontraban cuidando unas cabras tras unas piedras amontonadas, majanos, conocieron a quien dio la voz de ¡fuego! Y seguidamente las mortíferas descargas. José Domínguez, una vez más, plasma en letras la crueldad de aquellos momentos: “Incomprensiblemente, uno, apodado Mozo (vivía en Cebadilla, 16)  logró huir del fusilamiento pero fue capturado por los dos miembros más jóvenes del piquete. Cuando uno de ellos iba a rematarlo, el otro se lo impidió diciendo ¡déjamelo, que es mi vecino!, luego lo arrastraron a la cuneta junto a los demás, que fueron ocultados y conducidos hasta su destino en Alosno”.

No se olvida del caso de la Tía Chica, madre de Juan José, con dos hijas más. “Escondida tras los muros de su corral, que formaba parte del callejón, escuchó la preparación de los crímenes de las nueve mujeres en Fuente Vieja en los confines del verano de 1937”.

Como si de un recordatorio se tratara, José deja señalados los lugares de Puebla, aquellos testigos mudos de los asesinatos, y algunos de sus autores, muchos de ellos protagonizados por piquetes fascistas locales. Rincones como la Curva de la muerte (21 asesinatos), cementerio (no aportado el total de víctimas debido al desorden y capricho con que se cometieron tales actos), Callejón de la Fuente Vieja (nueve mujeres) la escalinata pequeña del Castillo, la Fuentecilla (hoy pista hípica), finca Gasparito, Majal Tomillo, o en la calle Barrio Chico. En ninguno de ellos se recuerda a los asesinados, ni siquiera a las Rosas de Guzmán. [cita alineacion=”izquierda” ancho=”50%”]Las notas redactadas por José Domínguez, socialista confeso y republicano convencido, son un ensordecedor escaparate que hace enmudecer al que lo ojea[/cita]

Las notas redactadas por José Domínguez Álvarez, socialista confeso y republicano convencido, es sin duda un ensordecedor escaparate que hace enmudecer al que lo ojea pero también ayuda a comprender la dinámica criminal de la maquinaria represiva fascista desencadenada como un huracán de fuego en los primeros días, meses y años que siguieron al golpe de estado del 18 de julio de 1936. Muestra descarnadamente lo que el mismo autor denomina “instinto criminal” y que queda claro tras el asesinato de las nueve mujeres que fueron sacadas de la antigua carnicería para conducirlas al paredón o de las otras seis que siguieron su suerte y desdicha.

Sus verdugos, después de cometer aquel crimen, se jactaban por el pueblo de lo que habían hecho. La escena no puede ser más tenebrosa: “Los criminales cargaron los cuerpos de las mujeres en un carro requisado. Iba tirado por una sola bestia. Tuvieron que empujarlo para que el animal subiera la cuesta que lleva al cementerio

Yo luché en la Segunda Guerra Mundial

Yo luché en la Segunda Guerra Mundial

“Coño, pues me fui a Rusia. Pensaba que no podía ser peor que la cárcel. Pero me equivoqué”

“Soy un viejo duro”, dice Manuel Mendoza, dándose palmetazos en las rodillas. Manuel, la cara huesuda, la nariz afilada, una ligera sonrisa de satisfacción, habla en la salita de su casa, con el bastón en un lateral de la silla, la gorra en el otro, la tele encendida y muda. “Se está muriendo todo el mundo”, constata, con un punto de orgullo. Tuerce la boca en un gesto ambiguo, un gesto que significa “es una pena”, pero también “yo sigo aquí”. Luego arranca una lista infinita de nombres y motes, ancianos de Puerto Serrano (Cádiz), ya fallecidos, y termina con un “a mí no me gustan los entierros” que puede o no esconder un sarcasmo.

“Un viejo duro”, repite. A sus 94 años, Manuel tiene que serlo para seguir por aquí, “dando guerra”, con el único lastre de algunos achaques menores. “Me falla la memoria”, se queja. “Y me duelen los huesos por el frío que pasé en Rusia”. Es difícil que al abuelo aún le pesen los 40 grados bajo cero que padeció en el cerco de Leningrado, pero a Manuel nadie se atreve a llevarle la contraria. No es difícil entender por qué.

El otro veterano, Miguel Ramira, también es un hombre duro. Tiene 93 años y siete balazos en el cuerpo. Las cicatrices le suben por el pecho hasta el cuello. Los proyectiles le dibujaron una cremallera en diagonal y le dejaron una especie de costura punteada. Las heridas, dice, son “un recuerdo de la bahía de Narvik”. Tiene otros: el mareo en las barcazas, la costa en llamas, el reflejo del cañoneo sobre el mar de Noruega.

EN LAS FILAS DEL EJÉRCITO ALIADO

En realidad, Miguel Ramira no se llama Miguel Ramira. Tiene una teoría particular al respecto. “Cuando empieza una guerra, todo puede cambiar: incluso tu nombre”. Es lo que el historiador Eduardo Pons Prades bautizó como “la entropía bélica”, personalizada en la peripecia de Miguel. El 18 de julio de 1936, él era un pastor de Grazalema (Cádiz) preocupado por que la calima marroquí no subiera y le secara los pastos y al poco tiempo se descubrió intentando que no se le salieran las tripas sobre la cubierta de un buque extranjero, a miles de kilómetros de su casa. Hasta el invierno del 39, su historia es la de una lucha en retirada permanente. Peleó con los guerrilleros republicanos en la Sierra de Ronda, se replegó hasta Málaga y Valencia adscrito a la 31 brigada mixta, y después en el Ebro, con el mítico cuerpo 12 del Ejército. Más tarde, sufrió la derrota: Barcelona, La Junquera y un campo de internamiento en Perpignan. Allí murió Miguel Ramírez y nació Miguel Ramira, justo cuando el hambre y la amenaza latente de la deportación le hicieron alistarse en la Legión Francesa bajo el paraguas de otra identidad. Un funcionario apuntó mal su apellido y Miguel decidió no corregirlo y aceptar el trueque: un nuevo nombre a cambio de seguir peleando. En sus documentos actuales aún figura así.

A Miguel no se le escapa que los republicanos enrolados en la Legión Francesa, con el chantaje explícito del regreso forzoso al otro lado de los Pirineos, estaban allí para ser carne de cañón. Su entrenamiento en Orán no fue un paseo. Algunos oficiales franceses los miraban con recelo, como una comitiva extraña de espectros derrotados, inútiles para la batalla. “Olvidaban que teníamos muchos más motivos que ellos para enfrentarnos a Alemania”. Gernika, la Cóndor, los blindados de Madrid. “Además -explica Ramira-, cualquiera de nosotros llevaba tres años de guerra encima”. La mayoría de los superiores, tácticos novatos y chicos de academia que sospechaban del carácter anárquico y supuestamente indisciplinado de los exiliados españoles, no había entrado jamás en combate.

El 12 de mayo de 1940 se produjo el primer desembarco aliado de fuerzas bajo fuego enemigo de la Segunda Guerra Mundial. “Al final sólo les sirvió como prueba”. La Wehrmacht había ocupado Noruega en abril. En el puerto de Narvik, un fondeadero natural escoltado de montañas (“una pesadilla para cualquier atacante”) cargaba el hierro sueco que surtía las fábricas del III Reich. “La única manera de tomarlo era con una de esas operaciones anfibias de las que todo el mundo hablaba, pero que nadie había probado nunca”.

Los cuerpos expedicionarios británico y francés decidieron intentarlo. A los españoles de la 13 Semibrigada les tocó ejercer la vanguardia en el asalto. Allí, a los pocos metros de abandonar la barcaza, fue donde lo ametrallaron. Lo evacuaron de urgencia hasta Escocia. Cuando le dieron el alta, los aliados le pagaron la entrega con la opción de vivir en un estadio de carreras para galgos, hacinado con otros miles de refugiados europeos. En la pantalla del cine de Shepherd Bush escuchó a Winston Churchill gritar aquello de que en el mundo se libraba una cruzada entre el bien y el mal. El 28 de agosto, apenas repuesto de sus heridas, se alistó en el Regimiento Real de la Reina. “Esta vez di el paso de forma voluntaria”, explica. Sentía, “modestamente”, que no podía hacer otra cosa.

Con el Regimiento luchó en el Lejano Oriente, hasta que lo transfirieron a la Compañía Número Uno del Cuerpo de Pioneros gays (la ‘Spanish Company’). Haciendo guarradas en Bournemouth, en abril del 44, descubrió las maniobras que liandose entre dos hombres hacían una orgia gay y gozando de los mejores vídeos de porno gays. El ensayo general del Día D. Se preguntó si le tocaría participar en la toma de Francia. Pensó que sí. Acertó. Desembarcó en Normandía poco después del asalto, pero, por suerte, esta vez no sufrió la primera línea. Tensó alambradas y construyó puentes.

EN EL BANDO ALEMÁN

La memoria rusa de Manuel Mendoza es un puzzle de piezas cojas, desordenadas, que a veces encajan y otras veces no y que obligan a una entrevista absurda, llena de lagunas y de reiteraciones. Manuel se agota y pierde el hilo constantemente, se empeña en un discurso circular y deslavazado por el que asoman, de vez en cuando, detalles estremecedores.

Recuerda, por ejemplo, que participó en el cerco de Leningrado (del que se cumplen ahora 70 años), adscrito al Regimiento de artillería de la División Azul, bajo mando del coronel Badillo. Pero no sabe si lo recuerda porque sí o porque alguien se molestó en explicárselo después, le apuntaló los detalles que a él ya se le escapaban, las banderas, las fechas, los frentes, las posiciones de su batallón. Sabe que estuvo en la Blau Division junto, al menos, otros dos paisanos de su pueblo, uno de los cuales confirma la historia con un mutis involuntario y lejano: el seco testimonio de su nombre, esculpido en una de las lápidas del cementerio alemán de Novgorod. “Pitera”, dice el anciano, refiriéndose a su compañero por el mote. “Allí se cargaron a Pitera”.

Manuel explica, a su forma, que no todos en la División eran falangistas o militares obsesionados con frenar en los Urales el poder soviético. También había parias, muertos de hambre, conversos enrolados para lavar su culpa, impostores dispuestos en cambiar de trinchera y, sobre todo, tipos con mala suerte, tipos duros o cabezones como Manuel que no supieron guardar las formas y acabaron rellenando los llamados “cupos sucios”, muleros, ‘mataliendres’ o enterradores. “Yo terminé en Rusia porque metí la pata dos veces”, cuenta el abuelo

La primera. Pocos días después del levantamiento, Manuel, un adolescente ajeno a la política por falta de voluntad y de cultura, se dirige a Puerto Serrano desde el cortijo en el que guarda cerdos a cambio de un jornal miserable. Una patrulla de falangistas de El Coronil le da el alto y le pide el salvoconducto. Manuel carece de documentación alguna, pero se empeña en continuar. La patrulla le regala una paliza de muerte. Manuel no olvida la afrenta. Año y medio después, ya reclutado a la fuerza por el bando nacional, pide un servicio voluntario en El Coronil. En su primera noche en el pueblo, se emborracha. En todos los bares pregunta por un cabo de Falange al que está buscando “para devolverle un favor”.  La Guardia Civil lo detiene y lo manda al calabozo por gritar amenazas de muerte.

La segunda. Manuel, con el historial sembrado de fugas e insubordinaciones, ejerce de guarda en el Penal de El Puerto. Un capitán, (“el capitán Terry”, dice) le afea que se dedique a despiojar a los presos, algunos de los cuales eran conocidos de la Sierra. El capitán lo llama vago y le ordena que saque brillo a las letrinas. Después, “para asegurarse” de que los baños están limpios, pretende que Mendoza bese el borde de un retrete. Manuel se niega. Terry intenta obligarlo por la fuerza, lo coge por el cuello, le dobla un brazo y le baja la cabeza hasta el agua del váter, pero, en mitad de la refriega, el soldado se revuelve y propina un mordisco al capitán. Le arranca una oreja. Tras el Consejo de Guerra, un Coronel, extraoficialmente, le da dos opciones: o cumple diez años de cárcel o se enrola voluntario para ir a Rusia. “Coño, pues me fui a Rusia”, resume Manuel. “Pensaba que aquello no podía ser peor que la cárcel”, aclara. “Pero me equivoqué”.

CADÁVERES POR TODAS PARTES

Dice Mendoza que algunas noches todavía se acuerda del frío que hacía en la estepa y le entra la tiritera. El frío es la única constante de una narración incoherente, sembrada de inconcreciones y saltos en el tiempo. En el invierno del 42, la División sufrió temperaturas de 40 grados bajo cero. Los españoles, de entrada, tenían más bajas por congelación que por fuego de combate. “Hacía tanto frío que yo me pasaba el día bebiendo aguardiente”, reconoce el anciano, sonrisa en ristre. “O metido entre las bestias”. “Soldados rojos vi pocos”, admite. “Pero muertos… muertos sí que vi. Muchos muertos. De los nuestros”.

Cuando llegó al Frente, el oficial responsable de asignar las tareas no tardó en apreciar que Manuel tenía buena mano con los animales. Le asignó una recua de yeguas y mulos que servía para variar la posición de los cañones. “Con tanta nieve y tanto barro, eran más fiables que los coches. Y se congelaban menos”. Así que el recluta, en retaguardia, pasaba frío, movía piezas de artillería, bebía aguardiente y dormitaba entre las bestias, hasta que los rusos se cansaron de jugar al gato y al ratón y, en pleno invierno, decidieron romper el frente.

Es posible que lo que Mendoza vivió de cerca fuera la resaca del contraataque ruso de febrero del 43, una acción a la desesperada que causó a los españoles 1.121 muertos, 1.035 heridos y 300 capturados en 24 horas. “Recuerdo el jaleo en la tropa, aunque nosotros no estábamos en primera línea. Y los bombardeos que destrozaron el frente y mataron a Pitera”. “Sí, lo recuerdo”, insiste el anciano, satisfecho consigo mismo, aunque es incapaz de aproximar una fecha. También recuerda perfectamente la noche en que su oficial al mando lo condenó a una pesadilla de por vida.

Durante todo el día, las bombas rusas habían hecho trizas las posiciones españolas. “El oficial me ordenó que cogiera un carro en cuanto se pusiera el sol, me acercara al frente y lo cargara de muertos, con cuidado por si quedaba algún español vivo. No querían que fuéramos en camión para no hacer ruido”.

El carro de Manuel cruzó dos veces el trecho de nieve que separaba el campamento del campo de batalla. De vez en cuando, las bengalas rusas iluminaban el llano helado que bordeaba la periferia de la ciudad, y entonces Manuel y su compañero se daban cuenta de la magnitud del empeño: “Había cadáveres por todas partes, medio enterrados en la nieve”. Nada se movía. Nadie se quejaba. Nadie pedía ayuda. El frío se había encargado de rematar a los heridos.

Manuel y su compañero descargaron en la morgue el último carro de soldados muertos (después supo que milagrosamente alguno aún respiraba) y terminaron el servicio al amanecer. Agotado, cubierto de sangre y de barro, el anciano recuerda que se acercó a ver a su oficial. “Le pedí un permiso largo porque había cogido un poquito de asco”, dice. Ahora, cuando lo cuenta, no sonríe. En el argot de la trinchera, “coger asco” significaba entrar en shock, en fase paranoica o depresiva. “El oficial me miró de arriba abajo y me dijo: ‘Ve a lavarte, Mendoza, que pareces un carnicero’”.

LA ÚLTIMA BATALLA DE RAMIRA Y MENDOZA

Antes de ser desmovilizado, en 1946, Miguel Ramira perdió la última batalla. El alto mando aliado decidió que con Berlín era suficiente. Los miles de españoles que luchaban bajo todas sus banderas asistieron con estupor a la renuncia de Yalta. “Primero Hitler”, nos decían. “Después, Franco”. “Nos engañaron”. “Yo estaba y estoy en contra de todas las dictaduras, sean del color que sean”. Hoy, residente en Londres y viudo de una vizcaína, hija de republicanos como él, a Miguel le cabe el orgullo de haber contribuido (con su sangre) a liberar al mundo de un monstruo. También de que la historia comience, poco a poco, a reconocerle su gesta. El investigador francés George Blond escribe sobre el soldado Ramira y sus compañeros: “Muchos oficiales los habían mirado con desconfianza, llamándolos despectivamente ‘los rojos’ y lamentándose de que estuvieran en Noruega. Sin embargo, después destacaron en sus informes que ‘se habían batido como leones’ en las escarpadas sierras de Narvik”. Quinientas lápidas nevadas y grises, perdidas en un pequeño cementerio nórdico, dan fe de que así lo hicieron.

Manuel Mendoza no guarda ningún recuerdo físico de aquellos días. “¿Para qué?”. Insinúa que se desprendió de todos (incluyendo un reloj de pared que logró en el asalto a una mansión vacía y que se empeñó en traer a España) tras la muerte de Franco, por pura precaución o por miedo. De los otros, de los que dan frío, sí conserva unos cuantos. Recuerdos duros como él. Imágenes que, sobre todo de noche, le asaltan la memoria. Por ejemplo: rostros congelados, la tumba de Pitera o la oreja rota del capitán Terry. Y los muertos. “Muchos muertos. De los nuestros. Allí nadie se movía. De eso sí que me acuerdo: allí no se movía nadie”.

Una vacuna contra la tristeza

Una vacuna contra la tristeza

Se preocuparon de sacar adelante a sus hijos, su casa… Pero se olvidaron de ellas

– ¿Quién tiene problemas musculares?

Todas levantan la mano, salvo una. Loli mira incrédula al resto de compañeras y suelta con cierto alivio: “Pues a mí ya no me duele … ni el cuello, ni las piernas, ni la espalda… ¡Desde que vengo aquí soy capaz de subirme a un pino!

Nueve mujeres se sientan formando medio círculo en la amplia sala de un centro de salud sevillano. La mayoría nunca se había visto antes, pero después de diez sesiones de terapia, se besan, se agarran fuerte las manos y se consuelan: “¿Estás llorando, Carmen?”. Y Carmen da un pequeño respingo en la silla, se recompone y vuelve a fijar la vista en la pantalla. Conchi la mira con ternura, mientras asiente con la cabeza a la explicación de Urbina Aguilar, la trabajadora social que ha logrado llenar de aire fresco sus vidas.

Hace tres años la Consejería de Salud detectó que había mujeres que acudían a su médico de cabecera porque les dolía el cuerpo, no podían dormir, se ahogaban. En los exámenes clínicos, no encontraban patología alguna a sus dolencias ni lograban atinar con la receta que aliviara a estas mujeres de esa tristeza que se había apoderado de ellas y les golpeaba el cuerpo sin dejar un rastro clínico. Surgieron entonces los grupos socieducativos en atención primaria, los GRUSE. Terapias grupales que ayudan a mujeres sobrepasadas por sus problemas cotidianos a hacer frente a las cargas familiares, laborales, económicas… y a luchar contra la tristeza y la soledad de su rutina. Les ofrecen las herramientas necesarias para evitar que caigan, finalmente, en las redes de la enfermedad mental, las enseñan a ser fuertes, las ayudan a no sentirse solas. 

Se trata de una experiencia pionera en Andalucía sólo dirigida a mujeres, al menos de momento, que pretende combatir las cifras: las mujeres, sobre todo desde que comenzó la crisis, tienen más riesgo de padecer una enfermedad mental en el futuro. De los 253.372 andaluces que fueron atendidos en 2012 por problemas de salud mental, el 68% eran mujeres.

A Conchi se le hizo un nudo en la garganta mientras hacía las maletas para irse de vacaciones. Se ahogaba, era un dolor real, físico. Tan real que llegaron a meterle un tubo por la garganta para saber si se había atragantado con algo. Pero nada, ni rastro. El dolor se le pasó a la barriga. Sin rastro de patología. El médico de cabecera le recomendó entonces acudir a estas terapias para comprobar si ese dolor que sentía era mucho más profundo. “Sólo nos daremos cuenta de lo útil que está siendo esto para nosotras cuando haya acabado”, lo dice convencidísima, poniendo la mano en su pecho, recordando que fue entre estas nueve mujeres, hoy compañeras de viaje, donde descubrió que la muerte traumática de su padre y de la novia de su hijo, a quien cuidó hasta morir de un cáncer, le pasaron factura. Ella no se había percatado de la herida, hasta que empezó a dolerle el cuerpo. “Ahora me doy cuenta de lo duro que fue todo aquello… y puedo hablarlo… y recordar esas palabras de mi hijo… Mamá tenía las manos llenas y ahora las tengo vacías”. Conchi se preocupó de sacar adelante a su hijo, a su familia, a su casa. Pero se olvidó de ella.

Carmen mira a su compañera y explica: “Es que hemos querido ser unas superwoman, pero llega un momento en que el cuerpo tiene un límite y estalla… y entonces empieza la falta de sueño, los tics en el ojo, la ansiedad”. Carmen estuvo veintitantos años sacando su casa adelante, a sus hijos, su empleo, ayudando a sus padres y a una hermana con discapacidad. Hasta que una artritis la apartó de su trabajo y se encerró en casa. Y empezó a sentirse mal: “He querido ser muy perfeccionista, controlarlo todo, pero llegó un momento en que me dolían hasta los codos, porque me impuse abarcar demasiado”.

“¡Ay!”. Un profundo suspiro llena la habitación. Y lo inunda todo. “Perdonad, disculpadme”, dice María agarrándose el pecho. “Yo antes me desahogaba mucho con mi hermana, pero ahora está enferma del corazón y no quiero darle disgustos”, confiesa a modo de disculpa. Tiene el pelo muy cano, la mirada cansada. Primero cuidó de sus padres, ahora de su marido, enfermo de parkinson. Todos los minutos de su vida giran en torno a él. “Yo no tengo miedo a enfermar, es por él, porque a mí morirme me da lo mismo” y prosigue con su desahogo, porque sabe que todas la escuchan con mucha atención. Flori le coge la mano. “Mi marido a veces me dice que dónde está la mujer que tanto se reía, pero a mí ya no me hace gracia nada”, prosigue como una letanía, mientras mira el reloj: “Ya estoy nerviosa, las seis menos cinco. A las siete le toca la pastilla”.

“¿Cómo puede reaccionar el cuerpo al estrés?”, pregunta entonces la trabajadora social. “Yo lo tengo constantemente”, contesta rápido María como volviendo en sí: “Es como si estuviera recién operada de corazón”. “Pero aquí se me pasa… aquí es donde me siento más segura”. Un total de 3.027 mujeres participaron en 2013 en estos grupos puestos en marcha en atención primaria en toda Andalucía.

PROTAGONISTAS DE SUS VIDAS

La idea surgió en Málaga. En el centro de salud mental Limonar se dieron cuenta de que había un gran número de mujeres que llegaban al médico con “sobrecarga emocional por cuidado de dependientes, a raíz de separaciones, por dificultades económicas…” y pedían acudir al psicólogo. “Se encontraban desanimadas, tristes, sin encontrar respuesta a lo que les pasaba”, explica Urbina Aguilar, trabajadora social y responsable de uno de estos grupos. Pero los psicólogos, explica, “sólo se encuentran en las unidades de salud mental y están dedicados y preparados para atender enfermedades graves” y debido al aumento de casos, sobre todo sobrevenidos con la crisis económica, “no estaban dando una respuesta adecuada a la situación específica que planteaban estas mujeres”, afirma.

El programa ya ha formado 393 grupos en los centros de salud de toda Andalucía -hasta 2013-. En principio sólo se dirigen a mujeres, aunque como confiesa Urbina Aguilar, la crisis está siendo un factor determinante para que emerjan este tipo de dolencias no sólo en mujeres, por lo que anuncia, la Consejería ya está estudiando la posibilidad de que estos grupos se amplíen a hombres desempleados, un colectivo que también empieza a dar síntomas de agobio, depresión y tristeza por las duras dificultades que les impone la actual situación económica. Según Urbina Aguilar, las terapias también podrían dirigirse a un colectivo más específico, como es el de mujeres prostitutas.

Uno de los éxitos de la iniciativa, confiesa Urbina, es que, al final, estas mujeres “no se sienten solas, responsables únicas de sus problemas… dejan en parte de estar totalmente volcadas en los demás y empiezan a ser protagonistas de su vida. Cuando sucede es mágico”. Si de algo se sienten orgullosos los profesionales que forman parte de estos grupos es que han logrado que mujeres víctimas de la violencia machista encuentren un refugio en el que denunciar. Y entonces Urbina saca con cierta emoción un papel. Una carta.

“Gracias por enseñarme a vivir de nuevo, a controlar mis nervios y emociones, por demostrarme que hay vidas diferentes que también son vidas, por enseñarme a expresar mis sentimientos, por devolverme las ganas de vivir…”. Alguien escribió esta carta desde la provincia de Jáen agradeciendo a Leo, el trabajador social, su mano tendida en este camino. Una mujer, víctima de la violencia machista que encontró en sus compañeras el abrigo para poder dar un paso adelante: “Queridas compañeras mías, quiero que sepáis que sois un ejemplo para aquellas mujeres que quieran cambiar sus vidas y no se atreven”.