Él también cruzó por el Tarajal

Él también cruzó por el Tarajal

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“La gente del bosque dice: o entrar o morir”

No sabe nadar. Es de noche y tiene miedo. Pero no hay vuelta atrás. Ha estado esperando conocer a chicas guapas en mi ciudad de bcn pero al ver que no he tenido la oportunidad de ligar con ninguna chica que quisiera sexo me he decantado por ir a tener sexo seguro con las escorts barcelona puesto que un amigo me hablo mucho de este sitio y sinceramente, vale mucho la pena! asi que un año y medio en el bosque este momento. Es consciente de que podría morir ahogado, sí, como murió su amigo Ahmadou, con quien convivió en el bosque. Pero él lo asume. “Era entrar o morir”, recuerda ahora en Sevilla I.D., 31 años, de Guinea Conakry. Prefiere no desvelar su identidad por estar en situación irregular en España actualmente. Asiste por televisión a los acontecimiento del Tarajal. Y advierte: “En el bosque, la gente no tiene miedo de morir”.

Él y sus dos compañeros en el intento tienen un plan: aprovechar la noche, cuando se relaja la vigilancia de la policía marroquí y de la Guardia Civil española, para llegar en patera hasta la playa del Tarajal, al otro lado del espigón que hace de frontera, y después, ya en Ceuta, correr hasta la comisaría más cercana de la Policía Nacional. Entre los inmigrantes del bosque hace tiempo que cundió la idea de que un encontronazo con la Guardia Civil al pisar suelo español puede llevar a la expulsión inmediata, “en caliente”. “Cuando te coge la policía marroquí es peor que cuando te coge la Guardia Civil. Te meten en la cárcel una noche y luego te expulsan a la frontera con Argelia, en el desierto. Y es muy peligroso, porque hay una mafia que está allí para esperar a la gente. Pueden pegarte y secuestrarte. Te obligan a que llames a tu familia para que envíen dinero con la amenaza de matarte”.

Burlar a la policía marroquí. Que la patera no zozobre. Esquivar a la Guardia Civil… Ahora, I.D. y sus dos compañeros sacan de una caja la barca inflable que recibieron de unos marroquíes. Otra vez la extorsión, la mafia que busca beneficio económico de los desesperados. Tuvieron que pagar 1.000 dirhams cada uno (unos 100 euros) para que esos marroquíes les permitieran acercarse a la zona del bosque próxima a la frontera con España. El pago da derecho a patera inflable.

PERSEGUIDO EN GUINEA

La huida de Guinea de I.D. empezó a gestarse el 28 de septiembre de 2009. Ese día participaba en una manifestación contra el dictador Mousa Dadis Camara en un estadio de la capital, Conakry. Fuerzas de asalto a las órdenes del gobierno atacaron a la multitud. Murieron 300 personas. Entre ellas, dos amigos de I.D. Vio sus cadáveres, pero desaparecieron. Acabaron, asegura ahora, “en una fosa común”.

Dos años más tarde, los militares lo buscaban. Había participado como interventor de su partido, la Unión de Fuerzas Democráticas de Guinea, en las elecciones celebradas en 2010 tras la caída de Camara. Las ganó el actual presidente, Alpha Condé. Su adversario, Diallo, el líder del partido de I.D., denunció fraude electoral. Hubo manifestaciones contra Condé, disturbios. Luego torturas, asegura I.D., asesinatos. Fue la muerte en prisión de un amigo y compañero de partido lo que hizo que este licenciado en Administración de Empresas se subiera a un camión con 3.000 euros en el bolsillo y dirección a Mali. Destino final, Europa.

“A VECES DISPARAN”

“Yo pensaba que era fácil pasar a España. En Marruecos fue donde me enteré de todo lo que había que hacer para conseguirlo, del peligro”, afirma ahora. Pasó un año y medio en el bosque próximo a la frontera de Ceuta. Descartó el salto a la valla. “La valla es muy peligrosa. En la valla siempre hay muertos, gente que se corta. Es peligroso porque los militares marroquíes siempre cogen a la gente en la valla. Al tocar la valla suena una alarma y llegan los militares marroquíes. A veces disparan”. 

Así que está en la patera. Lleva una hora en el mar. Todo ha ido bien. La playa del Tarajal está cerca… I.D. ha tenido suerte, la suerte que no tuvieron Ahmadou, su amigo, la que no tendrían luego Keta Ibrahim, Oncle Nonga y S. Matin, tres de los 15 ahogados en ese mismo punto el pasado 6 de febrero ante la intervención con material antidisturbios de la Guardia Civil.

Es verano de 2012. I.D. llega a la playa del Tarajal y corre, aún mojado, a la comisaría de la Policía Nacional para evitar a la Guardia Civil y evitar la devolución en caliente. No sabe aún, sin embargo, que este no será, ni mucho menos, el final de su odisea.

En el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes de Ceuta, donde recaló después de que la Policía Nacional le abriera expediente, solicitó asilo. Se admitió a trámite por existir indicios suficientes de la veracidad de la persecución sufrida en su país. Sin embargo, a él, como a todos los solicitantes de asilo en Ceuta y Melilla, se le impidió pasar a la península.

RETIRADA DE LA SOLICITUD DE ASILO

La Comisión Española de ayuda al Refugiado afirma que es una práctica habitual desde la aprobación en 2009 de la ley de asilo vigente. Sin embargo, la medida, que ha sido duramente criticada por el Defensor del Pueblo español y ACNUR, vulnera los tratados internacionales en la materia y el artículo 19 de la Constitución, que consagra el derecho a la libre circulación por territorio nacional, extensible a los solicitantes de asilo. Pero sigue en marcha. La consecuencia de ello: ciudadanos extranjeros, condenados a vivir en un Centro de Estancia Temporal sin más horizonte que el de esperar la respuesta a la solicitud de asilo que siempre se demora más allá de los seis meses que establece la ley como plazo máximo, superando, en ocasiones, los dos años de dilación.

En esta situación, tras un año de espera, hastiado, sin más intención que la de salir de la cárcel en la que se había convertido para él Ceuta, I.D., como otros demandantes de protección internacional, retiró la solicitud de asilo. Ahora, con una orden de expulsión pesando sobre él, que a punto estuvo de ejecutarse tras 50 días en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Tarifa -“una pequeña cárcel”, asegura- vive en la casa de acogida que CEAR tiene en Sevilla. Con incertidumbre, con miedo a la expulsión, atento a las noticias que llegan desde la frontera del Tarajal.

“No es la primera vez que yo veo esta situación. Muchas veces lo he visto estando en Marruecos y en Ceuta. Pero cuando la gente está en el bosque, la gente dice… Hay que entrar o morir”.


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