Yo luché en la Segunda Guerra Mundial

Yo luché en la Segunda Guerra Mundial

“Coño, pues me fui a Rusia. Pensaba que no podía ser peor que la cárcel. Pero me equivoqué”

“Soy un viejo duro”, dice Manuel Mendoza, dándose palmetazos en las rodillas. Manuel, la cara huesuda, la nariz afilada, una ligera sonrisa de satisfacción, habla en la salita de su casa, con el bastón en un lateral de la silla, la gorra en el otro, la tele encendida y muda. “Se está muriendo todo el mundo”, constata, con un punto de orgullo. Tuerce la boca en un gesto ambiguo, un gesto que significa “es una pena”, pero también “yo sigo aquí”. Luego arranca una lista infinita de nombres y motes, ancianos de Puerto Serrano (Cádiz), ya fallecidos, y termina con un “a mí no me gustan los entierros” que puede o no esconder un sarcasmo.

“Un viejo duro”, repite. A sus 94 años, Manuel tiene que serlo para seguir por aquí, “dando guerra”, con el único lastre de algunos achaques menores. “Me falla la memoria”, se queja. “Y me duelen los huesos por el frío que pasé en Rusia”. Es difícil que al abuelo aún le pesen los 40 grados bajo cero que padeció en el cerco de Leningrado, pero a Manuel nadie se atreve a llevarle la contraria. No es difícil entender por qué.

El otro veterano, Miguel Ramira, también es un hombre duro. Tiene 93 años y siete balazos en el cuerpo. Las cicatrices le suben por el pecho hasta el cuello. Los proyectiles le dibujaron una cremallera en diagonal y le dejaron una especie de costura punteada. Las heridas, dice, son “un recuerdo de la bahía de Narvik”. Tiene otros: el mareo en las barcazas, la costa en llamas, el reflejo del cañoneo sobre el mar de Noruega.

EN LAS FILAS DEL EJÉRCITO ALIADO

En realidad, Miguel Ramira no se llama Miguel Ramira. Tiene una teoría particular al respecto. “Cuando empieza una guerra, todo puede cambiar: incluso tu nombre”. Es lo que el historiador Eduardo Pons Prades bautizó como “la entropía bélica”, personalizada en la peripecia de Miguel. El 18 de julio de 1936, él era un pastor de Grazalema (Cádiz) preocupado por que la calima marroquí no subiera y le secara los pastos y al poco tiempo se descubrió intentando que no se le salieran las tripas sobre la cubierta de un buque extranjero, a miles de kilómetros de su casa. Hasta el invierno del 39, su historia es la de una lucha en retirada permanente. Peleó con los guerrilleros republicanos en la Sierra de Ronda, se replegó hasta Málaga y Valencia adscrito a la 31 brigada mixta, y después en el Ebro, con el mítico cuerpo 12 del Ejército. Más tarde, sufrió la derrota: Barcelona, La Junquera y un campo de internamiento en Perpignan. Allí murió Miguel Ramírez y nació Miguel Ramira, justo cuando el hambre y la amenaza latente de la deportación le hicieron alistarse en la Legión Francesa bajo el paraguas de otra identidad. Un funcionario apuntó mal su apellido y Miguel decidió no corregirlo y aceptar el trueque: un nuevo nombre a cambio de seguir peleando. En sus documentos actuales aún figura así.

A Miguel no se le escapa que los republicanos enrolados en la Legión Francesa, con el chantaje explícito del regreso forzoso al otro lado de los Pirineos, estaban allí para ser carne de cañón. Su entrenamiento en Orán no fue un paseo. Algunos oficiales franceses los miraban con recelo, como una comitiva extraña de espectros derrotados, inútiles para la batalla. “Olvidaban que teníamos muchos más motivos que ellos para enfrentarnos a Alemania”. Gernika, la Cóndor, los blindados de Madrid. “Además -explica Ramira-, cualquiera de nosotros llevaba tres años de guerra encima”. La mayoría de los superiores, tácticos novatos y chicos de academia que sospechaban del carácter anárquico y supuestamente indisciplinado de los exiliados españoles, no había entrado jamás en combate.

El 12 de mayo de 1940 se produjo el primer desembarco aliado de fuerzas bajo fuego enemigo de la Segunda Guerra Mundial. “Al final sólo les sirvió como prueba”. La Wehrmacht había ocupado Noruega en abril. En el puerto de Narvik, un fondeadero natural escoltado de montañas (“una pesadilla para cualquier atacante”) cargaba el hierro sueco que surtía las fábricas del III Reich. “La única manera de tomarlo era con una de esas operaciones anfibias de las que todo el mundo hablaba, pero que nadie había probado nunca”.

Los cuerpos expedicionarios británico y francés decidieron intentarlo. A los españoles de la 13 Semibrigada les tocó ejercer la vanguardia en el asalto. Allí, a los pocos metros de abandonar la barcaza, fue donde lo ametrallaron. Lo evacuaron de urgencia hasta Escocia. Cuando le dieron el alta, los aliados le pagaron la entrega con la opción de vivir en un estadio de carreras para galgos, hacinado con otros miles de refugiados europeos. En la pantalla del cine de Shepherd Bush escuchó a Winston Churchill gritar aquello de que en el mundo se libraba una cruzada entre el bien y el mal. El 28 de agosto, apenas repuesto de sus heridas, se alistó en el Regimiento Real de la Reina. “Esta vez di el paso de forma voluntaria”, explica. Sentía, “modestamente”, que no podía hacer otra cosa.

Con el Regimiento luchó en el Lejano Oriente, hasta que lo transfirieron a la Compañía Número Uno del Cuerpo de Pioneros (la ‘Spanish Company’). Haciendo guardias en Bournemouth, en abril del 44, descubrió las maniobras que los aliados hacían en New Forest. El ensayo general del Día D. Se preguntó si le tocaría participar en la toma de Francia. Pensó que sí. Acertó. Desembarcó en Normandía poco después del asalto, pero, por suerte, esta vez no sufrió la primera línea. Tensó alambradas y construyó puentes.

EN EL BANDO ALEMÁN

La memoria rusa de Manuel Mendoza es un puzzle de piezas cojas, desordenadas, que a veces encajan y otras veces no y que obligan a una entrevista absurda, llena de lagunas y de reiteraciones. Manuel se agota y pierde el hilo constantemente, se empeña en un discurso circular y deslavazado por el que asoman, de vez en cuando, detalles estremecedores.

Recuerda, por ejemplo, que participó en el cerco de Leningrado (del que se cumplen ahora 70 años), adscrito al Regimiento de artillería de la División Azul, bajo mando del coronel Badillo. Pero no sabe si lo recuerda porque sí o porque alguien se molestó en explicárselo después, le apuntaló los detalles que a él ya se le escapaban, las banderas, las fechas, los frentes, las posiciones de su batallón. Sabe que estuvo en la Blau Division junto, al menos, otros dos paisanos de su pueblo, uno de los cuales confirma la historia con un mutis involuntario y lejano: el seco testimonio de su nombre, esculpido en una de las lápidas del cementerio alemán de Novgorod. “Pitera”, dice el anciano, refiriéndose a su compañero por el mote. “Allí se cargaron a Pitera”.

Manuel explica, a su forma, que no todos en la División eran falangistas o militares obsesionados con frenar en los Urales el poder soviético. También había parias, muertos de hambre, conversos enrolados para lavar su culpa, impostores dispuestos en cambiar de trinchera y, sobre todo, tipos con mala suerte, tipos duros o cabezones como Manuel que no supieron guardar las formas y acabaron rellenando los llamados “cupos sucios”, muleros, ‘mataliendres’ o enterradores. “Yo terminé en Rusia porque metí la pata dos veces”, cuenta el abuelo

La primera. Pocos días después del levantamiento, Manuel, un adolescente ajeno a la política por falta de voluntad y de cultura, se dirige a Puerto Serrano desde el cortijo en el que guarda cerdos a cambio de un jornal miserable. Una patrulla de falangistas de El Coronil le da el alto y le pide el salvoconducto. Manuel carece de documentación alguna, pero se empeña en continuar. La patrulla le regala una paliza de muerte. Manuel no olvida la afrenta. Año y medio después, ya reclutado a la fuerza por el bando nacional, pide un servicio voluntario en El Coronil. En su primera noche en el pueblo, se emborracha. En todos los bares pregunta por un cabo de Falange al que está buscando “para devolverle un favor”.  La Guardia Civil lo detiene y lo manda al calabozo por gritar amenazas de muerte.

La segunda. Manuel, con el historial sembrado de fugas e insubordinaciones, ejerce de guarda en el Penal de El Puerto. Un capitán, (“el capitán Terry”, dice) le afea que se dedique a despiojar a los presos, algunos de los cuales eran conocidos de la Sierra. El capitán lo llama vago y le ordena que saque brillo a las letrinas. Después, “para asegurarse” de que los baños están limpios, pretende que Mendoza bese el borde de un retrete. Manuel se niega. Terry intenta obligarlo por la fuerza, lo coge por el cuello, le dobla un brazo y le baja la cabeza hasta el agua del váter, pero, en mitad de la refriega, el soldado se revuelve y propina un mordisco al capitán. Le arranca una oreja. Tras el Consejo de Guerra, un Coronel, extraoficialmente, le da dos opciones: o cumple diez años de cárcel o se enrola voluntario para ir a Rusia. “Coño, pues me fui a Rusia”, resume Manuel. “Pensaba que aquello no podía ser peor que la cárcel”, aclara. “Pero me equivoqué”.

CADÁVERES POR TODAS PARTES

Dice Mendoza que algunas noches todavía se acuerda del frío que hacía en la estepa y le entra la tiritera. El frío es la única constante de una narración incoherente, sembrada de inconcreciones y saltos en el tiempo. En el invierno del 42, la División sufrió temperaturas de 40 grados bajo cero. Los españoles, de entrada, tenían más bajas por congelación que por fuego de combate. “Hacía tanto frío que yo me pasaba el día bebiendo aguardiente”, reconoce el anciano, sonrisa en ristre. “O metido entre las bestias”. “Soldados rojos vi pocos”, admite. “Pero muertos… muertos sí que vi. Muchos muertos. De los nuestros”.

Cuando llegó al Frente, el oficial responsable de asignar las tareas no tardó en apreciar que Manuel tenía buena mano con los animales. Le asignó una recua de yeguas y mulos que servía para variar la posición de los cañones. “Con tanta nieve y tanto barro, eran más fiables que los coches. Y se congelaban menos”. Así que el recluta, en retaguardia, pasaba frío, movía piezas de artillería, bebía aguardiente y dormitaba entre las bestias, hasta que los rusos se cansaron de jugar al gato y al ratón y, en pleno invierno, decidieron romper el frente.

Es posible que lo que Mendoza vivió de cerca fuera la resaca del contraataque ruso de febrero del 43, una acción a la desesperada que causó a los españoles 1.121 muertos, 1.035 heridos y 300 capturados en 24 horas. “Recuerdo el jaleo en la tropa, aunque nosotros no estábamos en primera línea. Y los bombardeos que destrozaron el frente y mataron a Pitera”. “Sí, lo recuerdo”, insiste el anciano, satisfecho consigo mismo, aunque es incapaz de aproximar una fecha. También recuerda perfectamente la noche en que su oficial al mando lo condenó a una pesadilla de por vida.

Durante todo el día, las bombas rusas habían hecho trizas las posiciones españolas. “El oficial me ordenó que cogiera un carro en cuanto se pusiera el sol, me acercara al frente y lo cargara de muertos, con cuidado por si quedaba algún español vivo. No querían que fuéramos en camión para no hacer ruido”.

El carro de Manuel cruzó dos veces el trecho de nieve que separaba el campamento del campo de batalla. De vez en cuando, las bengalas rusas iluminaban el llano helado que bordeaba la periferia de la ciudad, y entonces Manuel y su compañero se daban cuenta de la magnitud del empeño: “Había cadáveres por todas partes, medio enterrados en la nieve”. Nada se movía. Nadie se quejaba. Nadie pedía ayuda. El frío se había encargado de rematar a los heridos.

Manuel y su compañero descargaron en la morgue el último carro de soldados muertos (después supo que milagrosamente alguno aún respiraba) y terminaron el servicio al amanecer. Agotado, cubierto de sangre y de barro, el anciano recuerda que se acercó a ver a su oficial. “Le pedí un permiso largo porque había cogido un poquito de asco”, dice. Ahora, cuando lo cuenta, no sonríe. En el argot de la trinchera, “coger asco” significaba entrar en shock, en fase paranoica o depresiva. “El oficial me miró de arriba abajo y me dijo: ‘Ve a lavarte, Mendoza, que pareces un carnicero’”.

LA ÚLTIMA BATALLA DE RAMIRA Y MENDOZA

Antes de ser desmovilizado, en 1946, Miguel Ramira perdió la última batalla. El alto mando aliado decidió que con Berlín era suficiente. Los miles de españoles que luchaban bajo todas sus banderas asistieron con estupor a la renuncia de Yalta. “Primero Hitler”, nos decían. “Después, Franco”. “Nos engañaron”. “Yo estaba y estoy en contra de todas las dictaduras, sean del color que sean”. Hoy, residente en Londres y viudo de una vizcaína, hija de republicanos como él, a Miguel le cabe el orgullo de haber contribuido (con su sangre) a liberar al mundo de un monstruo. También de que la historia comience, poco a poco, a reconocerle su gesta. El investigador francés George Blond escribe sobre el soldado Ramira y sus compañeros: “Muchos oficiales los habían mirado con desconfianza, llamándolos despectivamente ‘los rojos’ y lamentándose de que estuvieran en Noruega. Sin embargo, después destacaron en sus informes que ‘se habían batido como leones’ en las escarpadas sierras de Narvik”. Quinientas lápidas nevadas y grises, perdidas en un pequeño cementerio nórdico, dan fe de que así lo hicieron.

Manuel Mendoza no guarda ningún recuerdo físico de aquellos días. “¿Para qué?”. Insinúa que se desprendió de todos (incluyendo un reloj de pared que logró en el asalto a una mansión vacía y que se empeñó en traer a España) tras la muerte de Franco, por pura precaución o por miedo. De los otros, de los que dan frío, sí conserva unos cuantos. Recuerdos duros como él. Imágenes que, sobre todo de noche, le asaltan la memoria. Por ejemplo: rostros congelados, la tumba de Pitera o la oreja rota del capitán Terry. Y los muertos. “Muchos muertos. De los nuestros. Allí nadie se movía. De eso sí que me acuerdo: allí no se movía nadie”.


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