Martes 16/09/2014 | Actualizado 20:21 h

¿El mundo es nuestro? Logros y retos del cine andaluz

Antonio Gandiaga / Sevilla / 3 ago 2013
Fotograma de la película 'El mundo es nuestro'.Fotograma de la película 'El mundo es nuestro'.

Salvo sorpresa agradable, el cine hecho por andaluces no está en condiciones de repetir en 2013 el extraordinario curso que vivió en 2012. Nunca como hasta entonces se había reconocido con tanto cariño y admiración por parte de los ciudadanos el trabajo de los que hacen películas, mirado con desdén tradicionalmente. El estreno tardío de un par de producciones notables, como Ali (Paco R. Baños) o A puerta fría (Xavi Puebla), invisibles para la mayoría del público, o incluso la posibilidad de que el salto al largometraje de la productora granadina Kandor Graphics, Justin y la espada del valor (Manuel Sicilia), se convierta en un taquillazo en septiembre, no van a quitarnos la sensación de estar en un momento de respiro tras la vorágine. También ilusiona la recientemente anunciada inclusión en la sección oficial de San Sebastián de Caníbal (Manuel Martín Cuenca, que también se presentará en Toronto) y La herida (Fernando Franco), aunque en estos casos la singularidad de sus propuestas formales pueda reducir su capacidad de influencia a un sector muy concreto de cinéfilos. La endeblez sistémica de la producción es tal que solo una o dos películas pueden cambiarlo todo aunque, bien pensado, esta debilidad afecta a otros territorios españoles, en los que el cine es una tradición más longeva y extendida.

A lo largo de los tres especiales que hemos publicado en andalucesdiario.es, hemos conocido las experiencias de los profesionales del audiovisual en Andalucía, sus temores y esperanzas. Las conclusiones sobre lo que pasa en el cine de aquí y sobre lo que puede llegar a pasar son tantas que podemos encontrar la contradicción con facilidad. Asumiéndolo, se antoja pertinente la misión de tratar de encontrar algunas respuestas en todo esto, o al menos de decir alguna obviedad de esas que se repiten menos de lo necesario.

Varias sombras planean sobre los logros y retos del cine andaluz. No hay que olvidarlas, aunque no me gustaría que fueran el centro gravitatorio de este texto. La crisis, realidad infranqueable y cansina, limita los problemas del sector a un rango secundario. Algunos pensarán que si hay familias que no pueden comer y jóvenes que no pueden pagarse sus estudios, ¿qué importa que haya más actores camareros que nunca? Que el Gobierno central haya decidido ejercer de buitre carroñero con una cultura moribunda, con la no suficientemente criticada subida del IVA, tampoco ayuda. A ello sumemos la realidad extraordinariamente cambiante del mundo audiovisual (mucha gente no lo sabe pero, en realidad, el cine murió hace años), tema que se escapa definitivamente de nuestras intenciones, pero que ejerce un papel decisivo en la configuración del contexto al que nos asomamos.

TALENTO, CAPACIDAD TÉCNICA Y BAGAJE

Puede que el contexto asuste y que este no sea el año de la confirmación, pero no debemos negar los logros que ya acumula la producción audiovisual andaluza. Sin ningún tejido industrial, se han levantado ya unos cuantos centenares de proyectos, en muchas ocasiones con más fe y trabajo que medios. Las películas de Benito Zambrano o Alberto Rodríguez son la punta de lanza, pero tras ellos hay un buen número de creadores talentosos que han demostrado su valía artística, especialmente a lo largo de los últimos diez años. Poco podemos decir de una identidad propia del cine andaluz como movimiento colectivo o grupal (algunos de los entrevistados, como el director Jesús Ponce, directamente niegan su existencia), pero este es un fenómeno extensible a toda Europa, con escasas excepciones, desde los tiempos de las nuevas olas.

La capacidad técnica de los profesionales andaluces también está fuera de toda duda, ya sea por lo demostrado en producciones propias o cuando ha tocado acoger rodajes de costosos proyectos extranjeros. El elemento humano está preparado, y teniendo en cuenta que cada vez hay menos dificultades para acceder a los medios de producción de categoría profesional, no es demasiado aventurado augurar algunas sorpresas agradables para el futuro más próximo.

El riesgo de estas nuevas formas de creación es que parten mayoritariamente de la precariedad económica. Dicho de otro modo: del cine no vive casi nadie. Lo que hemos podido comprobar con nuestros generosos interlocutores es que hay muchos andaluces que malviven o sobreviven en esto. Busquemos lo esperenzador. Si esta ha sido, al menos, una posibilidad con las vacas flacas, cuando cambien los vientos, debemos esperar que a muchos profesionales andaluces les llegue el merecido bienestar.

MUCHOS RETOS POR DELANTE

Pero lo cierto es que ahora mismo las razones para lanzar las campanas al vuelo son escasas si se comparan con los aspectos del audiovisual andaluz que hay que mejorar, empezando por la nunca bien tratada formación. La llegada del cine a las escuelas públicas, de un modo serio y útil, es un proyecto eternamente postergado. La mejora de la calidad de los estudios universitarios y de posgrado enfocados al audiovisual, incluyendo algunos másteres oficiales, debería ser inmediata.

Las modificaciones en la educación deben ejercer de motor del cambio en la perspectiva de la sociedad. El último Barómetro Andaluz de la Cultura confirma lo que parecía una anticuada cantinela: la mayoría de los andaluces cree que los trabajadores del arte y la cultura viven en el egoísmo y el aislamiento. Tal vez muchos ciudadanos se sientan más cerca de los campechanos protagonistas de los programas de Canal Sur, una cadena cuya programación no ayuda al acercamiento de la sociedad a los cineastas ni al crecimiento de la producción de ficción ni a la descentralización de la industria, prácticamente reducida a Sevilla y Málaga. La polémica del 5%, que no ha sido resuelta según la principal asociación de productores (AEPAA), debería finalizar con el ente público ajustándose a la legalidad, como hacemos casi todos, y pagando.

El objetivo de lograr un cine andaluz independiente y que genere una estabilidad a sus profesionales se logrará cuando las instituciones culturales hagan bien su trabajo y la sociedad madure, pero también los cineastas deben hacer los deberes. El especialista en perseguir ayudas públicas sin otro objetivo que llenar la nevera debe desaparecer. Y debe hacerlo por lo que la pura lógica indica: la clave está en la calidad. Los buenos trabajos son los que acaban trascendiendo; los grandes contadores de historias, los que realmente creen en lo que hacen, son los que recibirán ese cariño del que hablaba al principio. Fatalidades aparte, es cuestión de talento y trabajo.