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Él también cruzó por el Tarajal

Él también cruzó por el Tarajal

visto en wikipedia

“La gente del bosque dice: o entrar o morir”

No sabe nadar. Es de noche y tiene miedo. Pero no hay vuelta atrás. Ha estado esperando conocer a chicas guapas en mi ciudad de bcn pero al ver que no he tenido la oportunidad de ligar con ninguna chica que quisiera sexo me he decantado por ir a tener sexo seguro con las escorts barcelona puesto que un amigo me hablo mucho de este sitio y sinceramente, vale mucho la pena! asi que un año y medio en el bosque este momento. Es consciente de que podría morir ahogado, sí, como murió su amigo Ahmadou, con quien convivió en el bosque. Pero él lo asume. “Era entrar o morir”, recuerda ahora en Sevilla I.D., 31 años, de Guinea Conakry. Prefiere no desvelar su identidad por estar en situación irregular en España actualmente. Asiste por televisión a los acontecimiento del Tarajal. Y advierte: “En el bosque, la gente no tiene miedo de morir”.

Él y sus dos compañeros en el intento tienen un plan: aprovechar la noche, cuando se relaja la vigilancia de la policía marroquí y de la Guardia Civil española, para llegar en patera hasta la playa del Tarajal, al otro lado del espigón que hace de frontera, y después, ya en Ceuta, correr hasta la comisaría más cercana de la Policía Nacional. Entre los inmigrantes del bosque hace tiempo que cundió la idea de que un encontronazo con la Guardia Civil al pisar suelo español puede llevar a la expulsión inmediata, “en caliente”. “Cuando te coge la policía marroquí es peor que cuando te coge la Guardia Civil. Te meten en la cárcel una noche y luego te expulsan a la frontera con Argelia, en el desierto. Y es muy peligroso, porque hay una mafia que está allí para esperar a la gente. Pueden pegarte y secuestrarte. Te obligan a que llames a tu familia para que envíen dinero con la amenaza de matarte”.

Burlar a la policía marroquí. Que la patera no zozobre. Esquivar a la Guardia Civil… Ahora, I.D. y sus dos compañeros sacan de una caja la barca inflable que recibieron de unos marroquíes. Otra vez la extorsión, la mafia que busca beneficio económico de los desesperados. Tuvieron que pagar 1.000 dirhams cada uno (unos 100 euros) para que esos marroquíes les permitieran acercarse a la zona del bosque próxima a la frontera con España. El pago da derecho a patera inflable.

PERSEGUIDO EN GUINEA

La huida de Guinea de I.D. empezó a gestarse el 28 de septiembre de 2009. Ese día participaba en una manifestación contra el dictador Mousa Dadis Camara en un estadio de la capital, Conakry. Fuerzas de asalto a las órdenes del gobierno atacaron a la multitud. Murieron 300 personas. Entre ellas, dos amigos de I.D. Vio sus cadáveres, pero desaparecieron. Acabaron, asegura ahora, “en una fosa común”.

Dos años más tarde, los militares lo buscaban. Había participado como interventor de su partido, la Unión de Fuerzas Democráticas de Guinea, en las elecciones celebradas en 2010 tras la caída de Camara. Las ganó el actual presidente, Alpha Condé. Su adversario, Diallo, el líder del partido de I.D., denunció fraude electoral. Hubo manifestaciones contra Condé, disturbios. Luego torturas, asegura I.D., asesinatos. Fue la muerte en prisión de un amigo y compañero de partido lo que hizo que este licenciado en Administración de Empresas se subiera a un camión con 3.000 euros en el bolsillo y dirección a Mali. Destino final, Europa.

“A VECES DISPARAN”

“Yo pensaba que era fácil pasar a España. En Marruecos fue donde me enteré de todo lo que había que hacer para conseguirlo, del peligro”, afirma ahora. Pasó un año y medio en el bosque próximo a la frontera de Ceuta. Descartó el salto a la valla. “La valla es muy peligrosa. En la valla siempre hay muertos, gente que se corta. Es peligroso porque los militares marroquíes siempre cogen a la gente en la valla. Al tocar la valla suena una alarma y llegan los militares marroquíes. A veces disparan”. 

Así que está en la patera. Lleva una hora en el mar. Todo ha ido bien. La playa del Tarajal está cerca… I.D. ha tenido suerte, la suerte que no tuvieron Ahmadou, su amigo, la que no tendrían luego Keta Ibrahim, Oncle Nonga y S. Matin, tres de los 15 ahogados en ese mismo punto el pasado 6 de febrero ante la intervención con material antidisturbios de la Guardia Civil.

Es verano de 2012. I.D. llega a la playa del Tarajal y corre, aún mojado, a la comisaría de la Policía Nacional para evitar a la Guardia Civil y evitar la devolución en caliente. No sabe aún, sin embargo, que este no será, ni mucho menos, el final de su odisea.

En el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes de Ceuta, donde recaló después de que la Policía Nacional le abriera expediente, solicitó asilo. Se admitió a trámite por existir indicios suficientes de la veracidad de la persecución sufrida en su país. Sin embargo, a él, como a todos los solicitantes de asilo en Ceuta y Melilla, se le impidió pasar a la península.

RETIRADA DE LA SOLICITUD DE ASILO

La Comisión Española de ayuda al Refugiado afirma que es una práctica habitual desde la aprobación en 2009 de la ley de asilo vigente. Sin embargo, la medida, que ha sido duramente criticada por el Defensor del Pueblo español y ACNUR, vulnera los tratados internacionales en la materia y el artículo 19 de la Constitución, que consagra el derecho a la libre circulación por territorio nacional, extensible a los solicitantes de asilo. Pero sigue en marcha. La consecuencia de ello: ciudadanos extranjeros, condenados a vivir en un Centro de Estancia Temporal sin más horizonte que el de esperar la respuesta a la solicitud de asilo que siempre se demora más allá de los seis meses que establece la ley como plazo máximo, superando, en ocasiones, los dos años de dilación.

En esta situación, tras un año de espera, hastiado, sin más intención que la de salir de la cárcel en la que se había convertido para él Ceuta, I.D., como otros demandantes de protección internacional, retiró la solicitud de asilo. Ahora, con una orden de expulsión pesando sobre él, que a punto estuvo de ejecutarse tras 50 días en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Tarifa -“una pequeña cárcel”, asegura- vive en la casa de acogida que CEAR tiene en Sevilla. Con incertidumbre, con miedo a la expulsión, atento a las noticias que llegan desde la frontera del Tarajal.

“No es la primera vez que yo veo esta situación. Muchas veces lo he visto estando en Marruecos y en Ceuta. Pero cuando la gente está en el bosque, la gente dice… Hay que entrar o morir”.

Quijotes contra la meningitis: una guerra contra el reloj

Quijotes contra la meningitis: una guerra contra el reloj

María se levanta la manga de la camiseta y muestra sus heridas de guerra. En el codo izquierdo, una gran cicatriz. Con la mano derecha, “la mano buena, la otra es la tonta”, coge el móvil y muestra una foto con la necrosis que tuvo en esa parte del brazo. Y se la enseña a su interlocutora para que compare “lo sanito que ya lo tiene”… ¡Aunque ha costado!”, afirma con una sonrisa. Se siente vencedora. “Pues así tuve todo el cuerpo… ¡Hasta en la cara!”, dice ahora con espanto. María Ángeles Pérez Domínguez es una superviviente. Volvió a nacer hace algo más de un año, cuando le ganó la batalla a la meningitis C, al menos la que evitó su muerte, porque en este primer año de vida sigue empleándose a fondo contra las secuelas que le dejó “el bicho”: inmovilidad en una de las manos y en un pie, dolor, pérdida de memoria, sordera en un oído…  Estuvo cinco días en coma. “Lo único que nunca se paró fue el corazón, que lo tengo fuerte”. Tiene 36 años y es de Sevilla. “Paciencia es la palabra que todos los médicos repiten… pero ¡ya harta!”.

En Andalucía se registraron 61 casos durante 2013. El 50% eran menores de cuatro años. Entre 2011 y 2012, fecha en la que enfermó María, se dieron en España 240 casos de meningitis B -para la que aquí no se administra aún vacuna- y 61 de meningistis C -controlada desde hace más de una década gracias a la vacunación en niños-. Uno de cada 10 enfermos muere. Hoy se celebra el Día Mundial de esta enfermedad grave, infecciosa y en muchos casos letal, que tiene a su favor la falta de información de las familias sobre cómo detectar los primeros síntomas. Algo vital para hacerle frente, porque la guerra contra la meningitis es una guerra contra el reloj.

Lo repiten mucho en la Fundación Irene Megías, la única institución privada dedicada a sensibilizar e informar sobre la enfermedad. “Dar importancia al tiempo es clave”, insiste Victoria Ojeda, responsable de fundación en Andalucía Occidental. “Conocer los primeros síntomas, no confundirlos con una gripe o un resfriado, es fundamental, porque la enfermedad avanza muy rápido”. Victoria lo repite rotunda, mientras muestra varios folletos de las fases y de los síntomas de la meningitis y la sepsis. “Nuestra lucha, desde la fundación, es que no le pase a nadie más”. Evitar la muerte es, a veces, una cuestión de tiempo. Victoria lo sabe bien. Su hijo Jaime tenía 19 años cuando la meningitis B le quitó la vida. En cuestión de horas pasó de un aparente malestar a una lucha sin cuartel por vivir. Ocurrió en agosto de 2012. Sin avisar, de repente, sin más.

“No hay que buscar porqués, si lo haces te vuelves loca”, dice esta mujer fuerte que dedica, desde hace un año parte de su vida a tratar de salvar la de otras personas a través de la organización de campañas de prevención, por ejemplo, en guarderías. Su sueño es organizar un festival de música, “algo alegre”, explica con una sonrisa breve, que aspira a ser intensa pronto. “Me encantaría organizar un concierto flamenco, para que haya alegría. Los amigos de mi hijo ya me han dicho que quieren participar… La idea es dar a conocer la fundación también de manera divertida”.

‘MI VIDA DESPUÉS DE IRENE’

Jorge mira al cielo y descubre siempre a Irene, Irene Megías, su hija. Murió en 2005. 24 horas después de que aparecieran los primeros síntomas. Tenía 17 años. Tras pasar ese duelo aterrador que es perder a un hijo, cuenta Jorge que, un día dando un paseo, se encontró frente a la puerta del instituto de Irene. “¿Por qué te has muerto con 17 años?”, pensó con rabia. “Y entonces sentí la necesidad de escribir un diario. Llegué a mi casa y en diez minutos hice el índice. En 15 días había escrito un libro emotivo –Mi vida después de Irene-  de un padre que describe cómo fue el proceso, la enfermedad de su hija, por si podía ayudar a otros”. Pero para Jorge Megías un libro no era suficiente y, en esa búsqueda incesante de respuestas, un día se encontró montado en un avión en dirección a Bristol (Gran Bretaña). Quería conocer a las personas que habían creado, hacía tres décadas, una fundación dedicada a la enfermedad, Meningitis Research Foundation. Se entrevistó con sus impulsores y les propuso crear una especie de delegación española, pero el proyecto no cuajó y en el avión de vuelta a España se encontró con una luna que brillaba como nunca… “Fue una señal. Supe entonces que la ayuda que tenía que prestar debía ser más radical que escribir un libro, y le planteé a mi mujer que si podíamos salvar aunque sólo fuera una vida, la muerte de nuestra hija tendría algún sentido”. 

Nació entonces la Fundación Irene Megias, que desde hace un año cuenta con varias sedes en Andalucía, y se expande por España para tender una mano a los afectados, sensibilizar, prevenir e informar… para llevar un mensaje y una historia que giran en torno al tiempo. “Ante la primera sospecha, si hay fiebre que no se quita y manchas rojas en la piel , al hospital rápido”, insiste Victoria. “Hay mucho desconocimiento de la enfermedad”, subraya el doctor Juan Ruiz Canela, pediatra y miembro del comité científico de la fundación. “Y las secuelas pueden ser muy graves. Desde amputaciones de extremidades, sordera, problemas neurológicos… Puede ser una enfermedad fulminante”, afirma el médico, que cree fundamental que el Ministerio de Sanidad apruebe ya la vacuna para prevenir la meningitis B. Un remedio que ha sido testado en Alemania, Portugal, entre otros países europeos, pero que en España la Agencia Española del Medicamento mantiene en suspenso, ya que sigue verificando si la vacuna es efectiva para poder autorizarla.

Muchos padres no entienden estas reticencias si ya ha funcionado en otros países, aunque para Jorge Megías, que se ha sentado con responsables del Ministerio y de la Agencia Española del Medicamento, “es sólo cuestión de tiempo”, una vez más. La vacuna acabará en los calendarios de vacunación, dice Jorge seguro, y una enfermedad tan letal y contagiosa empezará a ser historia. “Ojalá llegue el día en que la fundación tenga que cerrar porque ya no hagamos falta”, sostiene este ingeniero, cuya fortaleza y empeño le han llevado a un logro más: la Guía de Práctica Clínica sobre el Manejo de la Enfermedad Meningocócica Invasiva, una herramienta clave para los profesionales de la sanidad pública. Un estudio que ha costado cinco años de trabajo y casi 300.000 euros, subvencionados por el Ministerio de Sanidad. La primera guía médica que crea e impulsa una institución privada. El martes se presentó en Sevilla.

“Ojalá tengamos que cerrar por falta de casos”, insiste Jorge Megías en un suspiro. Aunque al instante recuerda “los miles y miles de niños que en África necesitan ayuda”. “Quizá tengamos que enfocar nuestro trabajo en África. Ya estamos colaborando con una entidad de niños sordos por meningitis en Burkina Faso”, afirma este padre concienzudo, que, un día supo digerir la fatalidad para convertirla en un modo de ayudar a los demás. “Con el tiempo, todo lo negro va pasando, se te olvida… hay que tratar de empezar de nuevo, a poquito a poco”, dice María con una brillante sonrisa.

La Gavidia: la Plaza de Mayo de Andalucía

La Gavidia: la Plaza de Mayo de Andalucía

Esto no es memoria histórica, es historia. Y vamos a contar la historia de verdad de este país de una puñetera vez

-“¿De lo de Argentina se sabe algo?”, pregunta un hombre.

-“Los abogados han solicitado a la jueza que pida también que se enjuicie a los que están implicados”, responde Paqui.

-“En Público venía que se habían a admitido a 12 personas para que declarasen”, añade Santi.

-“¿Doce testigos?”, pregunta Paqui.

-“Sí, sí. Venía en Memoria Pública. Serán doce las personas que declaren ante la justicia argentina”.

Esta conversación se produjo el pasado marzo en la Plaza de la Gavidia, en Sevilla. Como todos los últimos sábados de todos los meses desde hace cinco años, familiares de víctimas del franquismo, historiadores y defensores en general de los derechos humanos se reúnen frente al antiguo cuartel de Queipo de Llano -desde donde hacía los llamamientos a la represión- para escucharse, para entenderse, para seguir sumando fuerzas, para pedir justicia. Medio año después, hay un auto dictado por una jueza argentina que pide la extradición de cuatro altos funcionarios franquistas. Aquel sábado llovía a cántaros. Y en el huequito de la acera, con los paraguas abiertos, Juan recordó a Virtudes, una mujer a la que le mataron a su padre, a su madre, a la hermana de su abuela… Y recomendó ver la obra de teatro de las mujeres del Aguaucho, supuestamente arrojadas a un pozo en Fuentes de Andalucía. Y Eduardo propuso los actos para conmemorar el 14 de abril, que estaba ya a la vuelta de la esquina. Y Paqui, incansable, avisó de una próxima reunión de la Comisión para la Verdad a la que no sabían aún si acudiría Garzón. Y Cecilio, tan anárquico como siempre, contó que hubo quien se comió con papas algún que otro monumento.

Y así enlazan unas historias con otras. Hasta que llega la hora de comer, y Antonio, de Marchena, que ya tiene los años y el dolor de toda una vida machacada por quienes quisieron reeducarlo, abandona la plaza con su mujer, hasta el siguiente sábado. Varios de ellos cuentan a Andalucesdiario.es la importancia de estos encuentros en la Gavidia, que hoy más que nunca en estos cinco años, se ha convertido en la particular Plaza de Mayo de Andalucía.

CECILIO GORDILLO: Vernos en un sitio para hablar de estos temas surge como una necesidad imperiosa. Por un lado, porque en Andalucía no existía ningún tipo de apoyo a la exhumación y pruebas relacionadas con los restos de las fosas. Y decidimos, desde algunas asociaciones, plantear ante el Gobierno andaluz que existía esta demanda social, que no era el antojo de alguien que se veía reflejado en algún medio de comunicación, como en algunas ocasiones se solía decir. Ah, estos son cuatro pirados que están intentando poner entre la espada y la pared la modélica transición. Pues no. Simplemente queríamos hacer hincapié en esa necesidad. Había una necesidad de verse, de encontrarse, de romper el tabú, porque había mucha gente que tenía ese problema. Y el problema era que nunca se había hablado con los demás de ese problema. Esto nos sirvió para romper la intimidad o el sufrimiento personal que había dentro de la casa, compartiéndolo con otros que tenían ese mismo problema. Había que ponerlo en común y que saltara a la calle. Esto no era un descubrimiento. Lo habían hecho las abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina.

PAQUI MAQUEDA: Aquí no importa quién convoca, sino a quiénes se convoca. La información es poder y aquí se da información. Hemos conseguido que esta reunión sea un núcleo donde se pueda hablar, valorar lo que se ha hecho y tomar decisiones entre todos. Aquí los familiares nos sentimos como en un grupo de terapia. Tenemos un hueco donde podemos vernos cara a cara, donde podemos hablar de las historias que después de 75 años nadie ha querido escuchar en nuestro país. Hasta ahora en Argentina.

CECILIO: Hemos aprendido una hartá, hemos aprendido a ser más tolerantes, a afinar el oído, a escuchar los problemas de los demás con mucho respeto.

PAQUI: Ha habido gente que ha venido preguntando por un familiar en concreto y, como aquí vienen historiadores, como Paco Espinosa, Fernando Romero, José Luis Gutiérrez, José María García Márquez…, pues se le ha dado información para poner en marcha su proceso de búsqueda.

MAYI AGUILAR:  Yo he visto desde niña llorar a mi abuela, mi madre, mis tíos. He escuchado esas pequeñas historias que se escuchan en la mesa camilla, que son ciertas, que son reales, como el caso de las mujeres del Aguaucho y las mujeres rapadas de Fuentes de Andalucía. Eso se comentaba en mi casa. Y la primera vez que yo leí esa historia en el periódico me emocioné, porque llegué a pensar que era una historia que se contaba en mi familia por ese odio natural que se tenía que tener a la persona que había matado a mi abuelo, de manera totalmente injusta. Pero cuando vi que esas historias eran ciertas, para mí fue muy fuerte. Yo empecé a venir aquí porque aquí escucho lo que no se escucha en ningún lado.

SANTIAGO FERNÁNDEZ: Efectivamente es una terapia, porque podríamos cruzarnos correos, pero es importante tener esa socialización, vernos y tomarnos algo luego, contarnos cosas sobre lo que hacemos cada uno. Yo vengo porque es una forma de sumarte a un movimiento que te da más cosas de las que das. Mi familia tenía el anhelo de encontrar a familiares que están en la cuneta y mi padre, que es el que ha tirado del carro, los ha encontrado gracias a Cecilio y a unos arqueólogos que vinieron sin cobrar nada… Te sumas porque es de justicia dar aunque sea un grano de arena, incomparable a la montaña que a mí me vino.

MANUEL CAMACHO: Yo encuentro en esta plaza el foro de personas que te permiten afrontar situaciones que, en muchas ocasiones, son un trauma familiar. Yo reclamo la memoria de mi familia y, sobre todo, de mi abuelo, en un proceso de búsqueda en el que me estoy encontrando muchas dificultades no sólo a nivel social sino familiar. Porque hay miedo, hay ocultación de la información, hay cosas que no se quieren remover, muy dolorosas. Muy complicado.

NOELIA RODRÍGUEZ: Yo empecé a venir para reivindicar que la Junta de Andalucía se pringara más. Por eso se eligió también este sitio, donde antes estaba la Consejería de Justicia. Aquí hemos ido viendo los pasitos que se han ido dando, desde lo de Garzón hasta ahora, un momento en el que estábamos totalmente abandonados.

MARÍA LUISA LÓPEZ: De esta reunión es también importante la simbología del espacio público. No estamos en un sitio cerrado, en la Universidad o en la Casa de la Provincia. Estamos en la calle, para que la gente lo visualice. Yo he observado desde cómo unos padres que pasaban por aquí con su hijo le explicaban el significado de la bandera republicana hasta gente que nos insulta.

CECILIO: Al final la Plaza de la Gavidia se ha convertido en una referencia. Ha venido gente de Órgiva, en Granada, de Chiclana, en Cádiz, de Castuera, en Badajoz… y de muchos pueblos de la provincia de Sevilla. Además, ocurre que desde el ámbito de la izquierda, al que pertenecemos todos, no estaban acostumbrados a que se criticara la inactividad de la propia izquierda. Y eso a más de uno lo ha dejado fuera de juego. Antes, cuando gobernaba el PSOE y ahora con PSOE e IU. Aquí hay mucha falta de formación política de gobierno y de oposición y de sociedad. Si gobiernas, tienes que cargar con todas las consecuencias, seas quien seas. No es fácil que la izquierda se manifieste contra la izquierda cuando está gobernando y en muchos casos se paga una factura por atreverse a hacer eso. Mucha gente se dará cuenta de la importancia que ha tenido este proceso.

NOELIA: También es importante el tema de las fotos, que traigamos las fotos de nuestros familiares desaparecidos y las pongamos en la calle. Que se vean. Porque son desaparecidos, asesinados.

SANTI: No se puede comprender el presente sin comprender el pasado. Muchas cosas de las que pasan son consecuencia de lo que ocurrió en España antes, consecuencia de la exterminación y genocidio de la izquierda en España. La izquierda quedó muy debilitada y parte de la izquierda que sobrevivió está asustada para el resto de su existencia. Aquí se han hecho trágalas en eso que llaman transición y se siguen haciendo por un miedo congénito de la izquierda a lo que pasó. Ocurren cosas que en el resto del planeta serían inconcebibles, como que un dictador fascista tenga un mausoleo pagado con dinero público. En la práctica hay cuestiones políticas que aquí la derecha se atreve a hacer porque en su constitución fundacional como grupo de presión dejaron claro lo que pasaba si no se hacía lo que ellos querían.

CECILIO: Si la memoria es una parte más de todos los problemas que tenemos, estupendo. Nadie está pidiendo que esto sea la principal preocupación. Los medios también tienen mucha culpa, que establecen una escala de preferencias y el que no baile esa escala que se vaya olvidando de salir en la prensa. Hace tres años la memoria estaba en la parte alta de las escalas de preferencia y desde hace año y medio, a lo mejor coincidiendo con que el PP ganó, ha bajado en esa escalera. Ojo, que mucha gente de izquierda ha respirado también… El tema de las hipotecas es tan importante y cruel… Pero eso no quiere decir que tengas que aparcar este otro problema. Al  revés, vamos aumentando.

PAQUI: Suelen decirte que con la crisis es normal que este tema baje. Pero es que los hombres y las mujeres que están en las cunetas formaron parte hace 75 años de un movimiento ciudadano de lucha. Ellos están ahí porque los echaron por reivindicar un modelo de sociedad igualitario, de reparto de riqueza, laico, y ahora es lo que nos está pasando a nosotros. Nosotros estamos en las calles también con las mareas, la marea verde, la marea naranja… reivindicando lo mismo que ellos reivindicaron en cuanto a derechos, derechos que ellos no tuvieron y que ahora nos quieren quitar. Ellos dieron su vida o se la quitaron por su lucha por un modelo de sociedad justo. Por lo tanto, el movimiento de memoria, que hace diez años que nació, tiene como bandera un mensaje muy actual. Hay que estar en las plazas, en las calles, con los nuestros.

SANTI: No hay que convencer a nadie ni hacer análisis con gráficos estadísticos. A la memoria histórica le han dado 0 euros este año y a la FAES 600.000. Dinero hay, pero va donde los que mandan quieren que vaya. La fundación del PSOE, también. Y la Izquierda Unida y la de Convergencia… Es que si nos ponemos, no es una cuestión económica. Hay cosas que son menos necesarias. Hay otros movimientos que son discutibles y no se les deja a cero. Y ahí hay una intencionalidad política clara que solo no se ve si no se quiere ver.

RAFAEL FERNÁNDEZ: Aparte, para las personas que no son militantes me parece vital el cumplimiento de derechos humanos fundamentales, tan sencillo como eso. No somos cuatro locos que queremos desenterrar a nuestros muertos, queremos justicia de verdad desde el reconocimiento a la justicia y a los derechos humanos fundamentales.

LUISA: Ocupar estos espacios y recuperar la memoria es recordar a las instituciones que están en el poder que tienen una asignatura pendiente, que es la de la condena del fascismo. En Alemania se condenó, en Italia también. Y aquí en España esa no condena nos ha traído muchas consecuencias. Hay gente que se permite llamarte rojo, revolucionario, como un insulto. No, mire usted, aquí está la condena que se aprobó tal día… Pero no se ha aprobado nada.

SANTI: Es que sobre el propio término memoria histórica hay un debate. Yo opino que está bien para que se nos conozca como movimiento, pero esto no es memoria histórica, es historia, una historia que se nos ha contado que es mentira y ahora hay que hacer historiografía de verdad. Eso no se hace en los despachos escribiendo papeles o en los archivos, que también, sino abriendo una fosa. Mire, aquí había una fosa. Mire, estos son los nombres. Vamos a hacer historia en este país, pero vamos a hacer historia contando la verdad. Yo comparto un doble interés en este movimiento, el personal y político, porque a mí me duele como militante de la izquierda que soy desde que tengo 15 años que a la gente que pensaba igual que yo hace 70 los hayan laminado por eso. Pero también tengo el interés científico. En la universidad estoy empezando a hacer cosas encaminadas hacia esto porque creo que es una necesidad. Hay libros que leo que cierro indignado. Cómo se ha podido creer la gente esto. Hay quien no sabe lo que es pisar un archivo, tener polvo en las manos de una ficha de hace 60 años y escribe libros que la gente lee porque tal expresidente del Gobierno dice que se lo va a leer en verano. Y le hace vender 50.000 ejemplares. La gente termina creyendo una realidad que no está deformada, sino que simplemente es una realidad que se ha conformado con mentiras y que se ha conformado con mentiras sabiendo lo que se hace. No es memoria histórica, vamos a contar la historia de este país de verdad de una puñetera vez.

CECILIO: El grupo que creamos en el 98 se llamaba memoria de la historia social porque había una historia que no se divulgaba. La gente se identifica con lo que contiene de práctica un término. Si el término ese conlleva que hay que hacer la historia local para aclarar muchos conceptos que se han metido en la historia general pues yo estoy a favor de eso. Si no importa sólo el número sino los nombres de las víctimas, estoy a favor. Si además de decir que hay 640 fosas, se dice que la primera está en tal sitio y está compuesta por tantas personas, yo estoy de acuerdo. Pero no estoy de acuerdo con hacer el análisis sencillo de decir lo que ha dicho el anterior.

PAQUI: Es importante también la evolución que ha tenido este movimiento. Hemos pasado de coger una pala y un pico y abrir las fosas nosotros mismos entendiendo que son nuestros familiares y que había que sacarlos y enterrarlos dignamente a entender que este discurso entronca con una cuestión de derecho internacional, que es conocer la verdad, que se repare a las víctimas y que se dignifiquen. Es un proceso muy hermoso. Y otro mensaje: ningún gobierno de este país, ni de izquierda ni de derecha, se ha atrevido afrontar este tema de memoria por una sencilla razón: porque aquí todo el mundo está implicado. Cuando la transición, se aceptó como moneda de cambio la bandera monárquica y se dejó la republicana como un proyecto de estado democrático que hubo en el país. Se aceptó el papel preponderante de la iglesia, se aceptó la monarquía y, sobre todo, se aceptó como moneda de cambio imperdonable que las víctimas siguieran en la cuneta.

LUISA: El olvido.

PAQUI: Y que aquí no pasaba nada. P’alante con esas más de 100.000 personas en las cunetas. Nadie pensó en este país que los nietos, que las nietas, que los bisnietos protestáramos. ¿Perdona? A mí me han enseñado en esta democracia, entre comillas, a que yo tengo que reivindicar y preguntar y puedo decir que esto no es así. Eso es lo que tiene peso en la memoria histórica, y si ustedes aceptaron la transición, que es la transacción, nosotros no. Y vamos a ir paso a paso y poco a poco reivindicando el abanico, empezando por la eliminación de símbolos fascistas. Que es muy importante que yo pase por una plaza pública y que mis hijos, que saben la historia de mis familiares, no tengan que ver una estatua a Varela, como en Cádiz. Toda esta simbología que indica que el pasado no es pasado, sino que está presente todavía. Que en los libros de texto esté clara y contundentemente explicado lo que fue el proyecto de la segunda república. La Ley de Memoria Histórica no responde ni al 90% de las reivindicaciones del movimiento memorialista. La hicieron sin articular los decretos que hacían posible llevarla a cabo. No por dinero, sino porque no quisieron.

SANTI: Cuando ya nos ponemos en este plan, a tirar de lo profundo de la conciencia, salen mil temas. El año pasado nos reunieron a los profesores y nos dijeron que en Andalucía era el año de la Pepa. Yo levanté la mano y dije, mire usted: en 2006 era el 75 aniversario de una constitución que le daba un papel a las mujeres que nunca habían tenido, que hacía el estado laico… ¿Por qué no hicimos nada? ¿75 años es mucho tiempo y 200 no? Esa es la realidad de este país.

PAQUI: Nos han negado que es una causa de derechos humanos y de justicia. Y aquí hay gente que no tiene familiares represaliados, como Luisa. A esa realidad me refiero. Ellos nunca pensaron que nosotros íbamos a coger esa bandera y que les exigiríamos que dijeran toda la verdad. Porque nosotros hablamos de nuestros familiares, que son víctimas, pero es que también hablamos de verdugos. Y como dice Cecilio, de las empresas que se beneficiaron del trabajo esclavo en tantos campos de concentración como hubo y hablamos de los colaboracionistas policías, jueces, políticos… que escondieron la cabeza y cambiaron de chaqueta cuando llegó la transición. Esta no me vale, me pongo esta. Y nosotros estamos señalando eso y lo sabemos. Porque aquí seremos pocos o pocas pero nos somos tontos. Con el movimiento de sacar de las fosas a los familiares no estamos haciendo solo eso, estamos señalando un estado de impunidad, una ausencia de responsabilidades y una situación de violación de derechos humanos.

CECILIO: Mira, es que la última vez que se le pegó dos tortas a un tío por llevar una bandera republicana fue en las elecciones en las que salió ganador Zapatero. En los actos públicos hasta hace poco no se podía exhibir una bandera republicana. Todavía hay ayuntamientos que están destruyendo fosas comunes en sus cementerios. Hay un deseo irrefrenable de ir acabando con esta historia porque afecta a las arcas que administran. Muchos ayuntamientos instaron al Gobierno a cambiar la ley sobre los registros y luego el ayuntamiento no cumple lo que acordó.

SANTI: Como el callejero. El modo de incumplir la ley.

LUISA: Nada es inocente.

SANTI: En el 15-M al principio se dijo que no había banderas. En una asamblea se sentó allí un señor con su bandera republicana y un chavalote le dijo que no, que la bandera no. Yo le dije que la bandera se quedaba, que él llevaba dos meses moviéndose y que ese hombre había visto su vida puteada por esa bandera. 120.000 notas tirados en fosas comunes.

LUISA: Y ya se acepta.

CECILIO: Con la boca chica alguna gente.

Clara, una joven de 19 años, se aproxima hasta su madre, Mayi, y comienza a llorar. Todavía se emociona escuchando estas historias. “Si no fuese por personas como vosotros, las esperanzas de encontrar un día a mi abuelo serían nulas. Yo no hubiese dado el paso sin vuestro apoyo y asesoramiento para llevar a Argentina mi caso”, explica Mayi. “Cada fosa que conseguís que se abra hace que yo (y mi familia) estemos un paso más cerca de mi abuelo”. Paqui consuela a Clara. Es hora de comer. El camarero toma nota: unas tapas de ensaladilla, unos pimientos asados y un salpicón. También un par de cafés.

El sentido del humor es algo que me viene de origen, me gusta reír. Lo acepté y ya está

El sentido del humor es algo que me viene de origen, me gusta reír. Lo acepté y ya está

Adilia Aires habita en el interior de su cuerpo, como nos pasa a todos, sí. Pero ocurre que su cuerpo no responde. Las piernas de Adilia no tienen fuerzas para caminar. Sus manos hace tiempo que se negaron a seguir acariciando. Su laringe es incapaz de regular el flujo de aire procedente de los pulmones para hacer vibrar las cuerdas vocales. Por eso, Adilia no habla. Parpadea si se le pregunta. Un parpadeo quiere decir sí. En caso de que no parpadee, la respuesta es no. Su mente está encerrada en un cuerpo que no funciona. Solo su sonrisa, que surge milagrosa, es capaz de vencer por un instante a la Esclerosis Lateral Amiotrófica que padece.

Y Adilia escribe. Escribe para matar el tiempo mientras el tiempo la va matando. Escribe con los ojos a través de un aparato llamado Iriscom que se acopla al ordenador portátil. La máquina detecta el movimiento de sus ojos, que van seleccionando en la pantalla, una a una, cada letra hasta componer, lentamente, palabras y luego frases, que a menudo son versos. Y es entonces cuando emerge el mundo interior de Adilia.

Soy la que no tiene voz/ la que siempre está callada, / la que escribe con los ojos, / la de la intensa mirada. / La que no puede y desea/ ser cuerpo en movimiento / solo mi mente pasea/ cual hoja suelta, bailando al viento. / Soy la que vive soñando/ la de las mil fantasías/ con las que voy superando/ el paso de los días.

El poema fue publicado en su blog personal el pasado 21 de diciembre, ese canal de expresión en el que vuelca las emociones que laten en el cuerpo que no funciona. En sus textos hay dolor, pero nunca rabia.

Adilia es uno de los 323 andaluces que padecen Esclerosis Lateral Amiotrófica, según la Consejería de Salud y Bienestar Social. Se trata de una enfermedad clasificada como rara, neurodegenerativa, incurable y de origen desconocido. Afecta a todos los músculos voluntarios del cuerpo, que, poco a poco, van dejando de responder, incluyendo los del habla, la deglución y la respiración. Se debe al colapso de las motoneuronas que rigen el sistema locomotor. La ELA no afecta a las facultades mentales ni a los sentidos, y no provoca dolor. Los especialistas afirman que la esperanza de vida oscila entre los 3 y los 5 años, si bien hay pacientes que superan ese límite. Hoy se celebra el día mundial.

QUIÉN ES ADILIA

Nació hace 62 años en Castro Verde, una pequeña aldea del Alentejo portugués. Se casó con un andaluz con el que emigró a Suiza. Allí nacieron sus tres hijos, Jon, Rosa y Mylena. En Suiza trabajó en una fábrica de relojes. Honesta, luchadora, perfeccionista, aficionada a la lectura, cuentan sus hijos. Entusiasta del fado, pero, paradójicamente, poco dada al lamento. Cuidó también a niños con discapacidad, fue limpiadora y conserje. Su marido tuvo negocios de hostelería. La familia regresó a España. En 2001 se produjo la separación del matrimonio, dejando una herida en ella que tardó demasiado en cerrarse. Y cuando se cerró, llegó la ELA. Primero, con tropiezos y caídas inexplicables. Más tarde, con pérdida de fuerza en las extremidades. Finalmente, tras un año de pruebas, en forma de implacable diagnóstico.

Adilia está sentada en su sillón, ubicado en el salón amplio y luminoso de su piso de la Macarena, en Sevilla. Tiene puesto el aparato que la ayuda a respirar. La acompañan sus hijas, Rosa y Mylena. La perrita Telma dormita en su regazo. Hola. ¿Cómo estás hoy? ¿Puedo darte un beso? Adilia parpadea, y eso equivale a un sí. Antes de este encuentro, respondió por correo electrónico algunas preguntas. El correo electrónico, su blog, su cuenta en Facebook y la máquina que le permite escribir con los ojos la unen al mundo.

Adilia, hace 5 años recibiste el diagnóstico de ELA. ¿Eras consciente en aquel momento de lo que estaba por venir?

No sabía lo que me esperaba. Pero sí, cuando el médico pronunció la palabra ELA, que desconocía totalmente, supe que era algo terrible… A mi hijo, sentado a mi lado, le resbalaban lágrimas como puños, seguidas de una crisis de ansiedad. En esas condiciones, yo no podía desmoronarme. Tampoco iba a darle ese gusto al Doctor X, un médico de la sanidad privada que sonreía al darme la noticia. Me levanté y dije: “Nos vamos, hijo”.

Te enfrentas a una enfermedad durísima. Sin embargo, tus hijos afirman que lo haces con entereza, con fuerza. Dicen que no has perdido el sentido del humor. ¿Cómo lo consigues?

Pues no lo sé muy bien. Es mi manera de ser. Al principio lloraba, no dormía, me desesperaba ver como cada día me restaba movilidad y me hacía más dependiente. Luego decidí que no podía amargarles la vida a mis hijos, que ya bastante duro era para ellos verme así. El sentido del humor es algo que me viene de origen, me gusta reír. Lo acepté y ya está.

LA FAMILIA

Las dos hijas de Adilia, Rosa (30 años) y Mylena (28), cuentan cómo afrontan la dura realidad que les deparó el destino. Lo hacen sin dramatismo, con entereza, con sonrisas al evocar los buenos recuerdos. La madre escucha desde su sillón. “Al principio, lo llevamos peor”, dice Mylena. “Pero luego te acostumbras, aprendes a vivir el momento sin pensar en lo que va a pasar mañana”.

Tercia Rosa: “Mi madre ha sido la más valiente de todos, siendo ella la afectada. Desde el principio, ha sido ella la que lo ha tomado con más positividad, la más valiente. Tuvo días en los que lloraba sin parar. Pero luego lo ha llevado con fuerza, con optimismo, dentro de lo que cabe. Yo creo que lo ha hecho por nosotros”.

Viven por y para su madre. La acompañan las 24 horas. Rosa, por las mañanas y por las noches. Mylena, que reside con su pareja en un piso al otro lado de la calle, por las tardes. Ellas la visten, cuidan de su higiene, la alimentan… Jon (34 años) trabaja en París como grafista en una cadena de televisión, pero se las apaña para acumular horas laborales y así disponer de más días libres. Entonces, regresa indefectiblemente a Sevilla para atender a su madre. Y también a don Ángel, un vecino de 84 años cascarrabias y sin hijos de cuya esposa, con alzheimer y ya fallecida, cuidaba Adilia hasta que apareció la ELA. Rosa cuenta que, cuando don Ángel enviudó, la madre les pidió que velaran por él. Y así lo hacen. Lo visitan, él viene a su casa, le preparan la comida… Es uno más. Lo llaman abuelo, a él que nunca tuvo hijos. Así es esta familia.

Tus hijos cuidan de ti, te dedican gran parte del tiempo. Tu hijo mayor experimenta una especie de peripecia vital para estar a tu lado. Y todo ello, con mucha ternura. ¿De dónde nace esa ternura? ¿Siempre tuvisteis esa complicidad?

Mi hijo tiene la suerte de poder trabajar de esa manera. Quizás el hecho de pasar la mitad del tiempo en España le impida ascender en la empresa, pero no nos importa a ninguno. Lo has captado, desde siempre hubo una complicidad entre mi hijo y yo, tal vez porque su padre no se implicó en su educación, de hecho tampoco en la de las niñas. Siempre vivimos lejos de abuelos y tíos. Los he criado sola y lo soy todo para ellos, y ellos son mi vida. Puede que la enfermedad estrechara más los lazos entre los hermanos…

“Separada, tres hijos, tres idiomas. Escribo para matar el tiempo mientras el tiempo me va matando”. Eso dice el perfil de tu blog, Adilia. ¿De verdad escribes sólo para matar el tiempo?

Fue Rosa quien me incitó y me inició en el uso del ordenador. No es cierto que escriba solo para matar el tiempo. Es una necesidad, una inquietud, no puedo estar inactiva. Me comunico con personas de todas partes y me intereso por los enfermos de ELA, porque muchos se sienten aislados, y necesitan una palabra de cariño.

Hay personas que en circunstancias como la tuya desisten y reclaman su derecho a acelerar la muerte. ¿Entiendes a esas personas?

Respecto a lo que pienso sobre acelerar la muerte, te diré que lo comprendo. En circunstancias que me cuentan, yo podría decidir acabar cuanto antes si me proporcionaran ayuda. Pero no es mi caso.

Una sombra de tristeza asoma en el rostro de Rosa al tratar el tema de la eutanasia. Y habla de Joan, alguien a quien Adilia conoció a través de Facebook. Con el tiempo se hicieron amigos. Mylena interrumpe el relato. “¿Mamá, quieres decir algo?”. Adilia, parpadea (sí). Mylena pregunta: “¿Primera? ¿Segunda? Tercera, entonces”. Parpadea de nuevo. “Z, x,c,v,b, n… Vale, la n. ¿Primera?…”. Este es el sistema de comunicación que ideó Adilia para prescindir del ordenador. Todos en la familia memorizaron el orden de las letras en el teclado del ordenador. Las dividen por filas (primera, segunda y tercera). Cuando Adilia quiere decir algo, le preguntan por la fila. Una vez identificada, por la letra. Y así, poco a poco, construyen las frases. “No me entero”, concluye Mylena. “Que dice mamá que no se entera, que hablemos más fuerte”.

Rosa prosigue elevando un poco el tono de voz. Cuenta que un día, Joan escribió para despedirse definitivamente de su madre. Había decidido sedarse para no despertar. Rosa no lo entiende: “Él, que era optimista, a pesar de la enfermedad… Me pega más de gente que está mal con la familia y no encuentra motivación para vivir”. Toma sentido entonces lo que Adilia escribió en su blog el 2 de febrero:

En el blog, Adilia, das cuenta de la muerte de varios amigos también con ELA. ¿Cómo encajas esas muertes?

Siempre me afecta cualquier muerte. No es que me deprima, es que sufro por aquellos que me han llegado al corazón, ellos forman parte de mi presente, me han contado sus vidas… No sé si me crees, pero se puede querer a alguien que nunca has visto.

Han sido muchas despedidas. Se fue Joan. Y también, Paco, que vivía a pocas manzanas de su casa. Salvador. David. Mercedes. Bea. Luis y  Norma, que eran chilenos. E Israel, de Lima. Un dolor por cada adiós, y un recuerdo más de la presencia del final de los finales, que es inexorable.

Mylena y Rosa están sentadas junto a su madre en ese salón amplio y luminoso de un piso de Sevilla. Hablan del embarazo de Mylena, de su barriga, que crece; del nombre que llevará el niño, porque, aunque la ecografía no lo dejó claro, parece que será niño.

Vas a ser abuela en poco tiempo. ¿Qué supone ese acontecimiento para ti?

Ser abuela es un sueño hecho realidad. Ahora, mi deseo es poderlo conocer, y sé que luego querré ver sus primeros pasos… Y, mientras pueda, estar en su vida.

No quiero llanto ni pena/ cuando se acerque mi fin,/ quiero a mi gente serena,/ que nadie llore por mí.

Expulsadas por el sistema

Expulsadas por el sistema

Mujeres con ganas de trabajar y sin oportunidades. Mujeres que buscan a sus 50 años un hueco en un mercado laboral devastado. A pesar de estar al final de su etapa profesional, muchas andaluzas se ven abocadas a una búsqueda de empleo con el que sobrevivir en plena crisis económica. Rosa subsiste gracias a una paga y a pequeños trabajos que realiza a las vecinas de su barrio en Sevilla. María Luisa es, desde hace unos meses, empresaria de una herboristería en una plaza de abastos en Jaén y Natividad ha decidido a sus 55 años estudiar oposiciones para unas plazas que espera que salgan en 2014. Las ofertas inexistentes se reflejan en este cuadro de edad dentro de las estadísticas. 125.100 mujeres de entre 50 y 64 años están en paro en nuestra comunidad. Andalucesdiario.es cuenta algunas de sus historias de lucha.

Rosa Ríos, 58 años, Sevilla: “Cometí el error de mi vida cuando perdí mi trabajo”

Rosa (en la foto) recuerda con nostalgia sus años en la conservera de Algeciras. Era una “mocita” que aún no se había casado con su marido Antonio. Años más tarde encontró trabajo de camarera en el Hospital Virgen del Rocío. “Nunca olvidaré aquellos días en los que yo estaba valorada en un trabajo. Cometí el error de mi vida cuando lo perdí”, afirma. En su informe de vida laboral cuenta con 24 años cotizados a la Seguridad Social. Durante los últimos nueve años no ha cotizado y se fue de su trabajo por graves problemas de ansiedad. “En la vida pasan cosas que hace que pierdas la noción. No quería dar ruido en la empresa y en 2003 decidí darme de baja”, continúa. Ahora, a sus 59 años, nunca imaginó que la temida crisis llegaría a su vida y que su marido, Antonio, perdería su oficio: “Tiene todos los carnés de camión en los bolsillos y desde que se quedó parado no lo han llamado del Inem ni una sola vez”.

Mientras toma café en su barrio de Montequinto, muestra con orgullo la casa que compró con su marido hace una década. “Tenemos hasta piscina pero debo de comunidad e intercomunidad unos 1.200 euros”, admite. Rosa no quiere bajo ningún concepto dejar de pagar la hipoteca y se enfurece al ver desde el único televisor de su casa a las familias que día tras día son desahuciadas. “Cuando puedo y me sale una faenita me voy a casa de una vecina y le hago una limpieza. Hablan los políticos de economía sumergida pero si la gente no llega con las pagas, qué vamos a hacer”, lamenta.

Hace dos meses Rosa propuso a la comunidad prestar sus servicios como limpiadora para saldar sus deudas. “Ahora me quieren dar de alta y yo les he dicho que mi paga de 426 euros no me la pueden tocar”. Su marido, enfermo de diabetes, tiene una baja total y a sus 60 años cobra una prestación de 550 euros. A pesar de contar historias agridulces, a Rosa no le falta nunca una sonrisa. “Yo le digo a mi Antonio que podríamos estar peor”. Cada tarde baja al parque a pasear a su nieto de tres años. Se pone las manos en la cabeza y sonríe: “Es un trasto, pero hay que reconocer que en estos momentos me da la vida”.

Maria Luisa Chando, 52 años, Jaén: “Mucha gente me ha dicho si estoy loca por montar un negocio con esta edad”

María Luisa decidió montar una herboristería con 52 años. Dedicada durante meses al aprendizaje del oficio, creó su propio curso de naturopatía con un amplio vademécum de productos naturales. En febrero de 2013 fundó su propia empresa, La Boutique de la Salud, en el Mercado de Abastos de Jaén. “Ya había hecho cursos sobre nutrición y había trabajado en una empresa de este sector”. En el año 2007 se quedó en paro y se apuntó a diversos programas que ofertaba la delegación provincial de la UGT en Jaén. Auxiliar administrativo, cursos de riesgos laborales, manipulador de alimentos y el grado medio de cocina fue una parte de la formación que obtuvo durante esta etapa de incertidumbre laboral.

Su marido, constructor de profesión, se dio de alta como autónomo y terminó por darle la idea de convertirse en una auténtica emprendedora. “No sabía si este sistema podía dar sus frutos pero mi marido ha conseguido salir adelante y yo quise tener mi oportunidad”, destaca. En febrero de este mismo año, María Luisa se acercó a una oficina de Andalucía Emprende para iniciar su aventura como empresaria. “Monté mi propia empresa porque desde la Bolsa de empleo, donde estaba inscrita, no tenía los puntos suficientes para trabajar”, señala.

El capital inicial de su actividad fueron todos sus ahorros: 10.000 euros que va recuperando poco a poco con los escasos beneficios que arroja un nuevo negocio. “En el mercado la gente no te conoce pero en pocos meses voy haciendo mi pequeña clientela”. El alquiler de su pequeño puesto, de tan solo cinco metros cuadrados, es de 300 euros mensuales. Y el horario es solo de mañana. María Luisa relata que al llegar a su casa “examina desde Internet los diferentes productos para explicar a los clientes las propiedades que tienen”.

A pesar de que los hijos de esta jienense se encuentran en paro es una de las pocas familias de su barrio que están libres de hipoteca: “En mi casa no tenemos grandes deudas pero no es fácil llegar a final de mes”. Tras el primer año de inicio, esta valiente empresaria solo espera coger un primer sueldo que le permita remontar en su herboristería. “Mucha gente me ha dicho si estoy loca por montar un negocio con esta edad. Yo les digo que es mi alternativa y que puedo salir adelante”, concluye.

Natividad García, 55 años, Granada: “Te obligan a que te busques tu trabajo por tus propios medios”

Natividad vive sola en una casa del centro de Granada y lleva varios años sin cobrar ninguna prestación. A pesar de tener 55 años, tuvo la oportunidad de estudiar durante su juventud la carrera de Geografía e Historia. Su vida laboral comenzó a los 33 años dando clases en academias. Al poco tiempo, decidió dedicarse al estudio de oposiciones para la Junta de Andalucía y pudo trabajar como interina hasta el año 2011. “Desde que salí de mi puesto, el movimiento de las listas es casi nulo. Ahora a mi edad es aún más complicado acceder”.

Al salir de su trabajo, llegó el reciclaje hacia otros sectores y comenzó a realizar cursos de formación a los que no ve salida: “Cada vez que terminas un curso te dicen que empieces por ti mismo y seas emprendedor”. La complejidad llega, según destaca Natividad, con la falta de fondos para el inicio de la actividad: “Te obligan a que te busques tu trabajo por tus propios medios”.

Mientras tanto, ha vuelto a retomar las oposiciones para un organismo público de Granada. Prefiere no decir el nombre para que no dé mala suerte. “Voy a intentar sacar la plaza. Y voy a por todas”, confía. Sin cargas familiares, esta granadina intentará una nueva y última oportunidad en el mercado a pesar de que asegura que “estudiar largas horas con su edad no resulta nada fácil”.

Cómo curar el llanto por una hipoteca

Cómo curar el llanto por una hipoteca

“Tengo miedo de volver a pagar la hipoteca pero no quiero perder mi vivienda, por la que he sufrido mucho”

José María, Miguel, Inmaculada y Agustín son algunos de los habituales del Punto de Información de Vivienda del 15 M en Dos Hermanas (Sevilla). Antes de la crisis, este grupo de vecinos afectados por el impago de sus hipotecas no conocía la palabra desahucio ni conceptos bancarios como la dación en pago. El desempleo los llevó a un estado de desesperación absoluta. Sin dinero y presionados por los bancos que tiraban del aval, ¿qué podían hacer? Tuvieron que manifestarse, plantarse en la calle para pedir derechos “imposibles” al director de su oficina, y así no quedarse sin nada. Después de dos años de luchas y reivindicaciones, se reúnen cada viernes en la sala multiusos de la biblioteca municipal. Hacen terapia, resuelven nuevos casos y luchan con cada asunto como si se tratara del suyo. “La última vez que lloré por culpa de mi hipoteca fue cuando crucé esta puerta”, destaca Yolanda, una de las más antiguas del grupo.

En la franja media de los 40 se encuentra esta mujer enérgica y de pelo cobrizo. “Estoy dispuesta hasta a ir a la tele si no me dan lo que pido”, señala entre risas con sus compañeros. Su pareja actual fue avalista hipotecario, sin saberlo, de su vivienda de 84.000 euros en la que se metió hace más de una década. “A mí me dijeron que era un aval solidario”, comenta. Si se hubiera firmado bajo esas condiciones, su novio no hubiera respondido con sus bienes, solo con sus ingresos, pero la letra pequeña le ha llevado a una situación dramática. “Estoy esperando la dación en pago de mi casa y aún no sé qué va a pasar con lo de él”, aclara. Al acabar su intervención, donde recuerda su testimonio a los nuevos casos, comienza la sesión formal, donde Miguel presenta a Sandra, una nueva afectada. Todos han sido avisados previamente por el grupo de whatsapp donde comunican los asuntos como si se tratara de su propio buzón de anuncios.

Sentada en la parte principal de la mesa redonda, a Sandra se le saltan las lágrimas. Es la primera vez que expone su caso ante un grupo de afectados en la misma situación que ella: “No tengo recursos, ni prestación para pagar mi hipoteca de 517 euros”. Al igual que Yolanda, quiere la dación en pago con opción a alquiler social para seguir viviendo en su casa, pero las lágrimas y el ahogo por la desesperación no le permite continuar narrando su historia. “Ya me están llamando y me han dicho que les dijera el día y la hora para pagar el próximo recibo. Les dije que no tenía dinero”. Su hipoteca de 100.000 euros y puesta a 30 años, está sujeta a un tipo de interés conocido como el IRPH. Yolanda le explica, en medio del mal trago, que su vivienda está en la misma situación y que cuando baja el Euribor, ese impuesto le sube. Sandra asiente y recuerda cómo ha llegado a pagar hasta 700 euros por su humilde vivienda al mes. Todos aportan la experiencia de los malos momentos y le piden para la próxima sesión escrituras y certificado de deuda para ver el caso.

Miguel, como portavoz de la reunión, incluye en una base de datos las nuevas historias y cuenta con detalles las acciones que llevan a cabo. “Nosotros acompañamos a los nuevos a hablar con el director del banco. Nos colocamos en la puerta para crear presión y vergüenza, que es lo que no tienen”. Él es otro de los veteranos. Nunca olvidará cómo se acercó al PIVE dos días antes de que su VPO fuera subastada en el juzgado. “Nos plantamos todos los de la mesa con camisetas y logramos pararla”, destaca con orgullo. Tras una intensa lucha y un impago que asciende a 7.000 euros, Miguel está a la espera de refinanciar la deuda con el banco. “Tengo miedo de volver a pagar la hipoteca pero no quiero perder mi vivienda, por la que he sufrido mucho”. Cuando cuenta su historia, hace menos de una semana ha encontrado un empleo vendiendo seguros. Su novia,Valme, trabaja como teleoperadora. “Parece que las cosas van saliendo y podemos tirar palante”.

Agustín llega a la charla un poco más tarde. Todo el tiempo libre que le queda después de echar sus seis horas como albañil en el Ayuntamiento de Dos Hermanas, lo invierte en una manifestación tras otra en la puerta de cualquier vivienda al borde del desahucio. A sus 54 años, sabe lo que es comer algo de pan durante todo el día y tener como luz una lámpara de aceite. Actualmente vive de alquiler social en su propia vivienda tras lograr la dación en pago. Sabe que este tipo de contrato no le permite tener una vivienda de por vida pero lo prefiere antes de volver a pasar por el mismo infierno. “No quiero ni pensar en hablar de una nueva hipoteca. Lo he pasado realmente mal. No hay derecho a cómo me han tratado la oficina de Cajasur con la que hice el préstamo”.

A mitad de la tarde, comienzan a llegar nuevas solicitudes, como la de Sandra. Cada semana pueden llamar una media de 30 nuevos afectados, según Miguel. “Todos los escuchamos para empezar con un nuevo caso, aunque tienen primero que participar en alguna acción con nosotros y acudir a nuestras charlas durante tres semanas. Queremos que haya gente comprometida antes de implicarnos nosotros”, cuenta.

La imagen del grupo cobra fuerza en cada una de las sucursales a las que acuden: financieras, bancos, cajas de ahorro…“Cada vez que nos ven, ya nos hacen caso seguro. Los conocemos a todos”, destaca Miguel. Saben que son gente combativa y con ganas de luchar por lo suyo. No van a permitir quedarse con una deuda que no les correspondía, una hipoteca desbordada por los malos tiempos y que ha estado a punto de destrozar sus vidas.

Sólo José recuerda a las Rosas de Guzmán

Sólo José recuerda a las Rosas de Guzmán

Pedro El Sastre se llama en realidad José Domínguez Álvarez. Este puebleño enjuto y metódico con la vida y sus recuerdos nació el 18 de mayo de 1918. Conserva probablemente una de las memorias más activas y prolíficas de la provincia de Huelva. Es capaz de lucir con asombroso sentido de la libertad que dan los años, casi un siglo, un libro maldito por siempre en esta España decimonónica y caciquil hasta la exasperación: Las ruinas de Palmira, del ilustrado Conde de Volney. Una obra condenada en la piel hispana por su espíritu irreverente y poco modélico a ojos de la ortodoxia cristianizante de la España que le tocó vivir desde 1918 hasta nuestros días y que con tanta maestría representó en su tierra, Puebla de Guzmán (Huelva), un cura que tenía por nombre Juan R. O. Hombre de cruz y de espada.

Narra en su vasto anecdotario vital un detalle que a punto estuvo de delatarle durante su pertenencia al ejército franquista. Se paró a mirar libros, su gran afición, en un puesto callejero en las inmediaciones de una Cataluña (Lleida) en guerra y descubrió entre aquellas pastas manoseadas Las ruinas de Palmira. Miró a la anciana ambulante y le espetó “si quiere conservar la vida esconda ese libro”. Así lo hizo. Y aquel sastre que lo fue de veras siguió adelante junto a los soldados de su batallón.

José Domínguez fue reclutado por los nacionales en agosto de 1937, cuando la provincia de Huelva había sido ya dominada al completo por los fascistas y solo aguantaban en los campos y montes varios cientos de huidos, la mayoría ocultos en cuevas y pozos de mina, como su paisano Rodrigo Miguela le contaría después.

Este socialista que atesora hoy uno de los carnés más antiguos del partido de Pablo Iglesias, no en vano tiene 80 años de afiliación, ingresó por la fuerza de los hechos (cumplió los años en zona Nacional y en plena Guerra Civil) en las tropas de Franco después de soportar el fusilamiento de su propio padre, Diego Domínguez Ponce, segundo teniente de alcalde en Puebla de Guzmán. Y sin poder imaginar lo que viviría al poco tiempo de enrolarse en las filas del invicto Caudillo. [cita alineacion=”derecha” ancho=”50%”]Le escribía cartas a su madre desde el frente sin saber que, como su padre, había sido asesinada junto a otras ocho mujeres[/cita]

Fue enviado al frente, a batallar donde operaban las tropas italianas que apoyaban a Franco en La Alcarria. Desde aquellas tierras de miel, heladas negras, de esas que se meten bajo los terruños quebrados por el frío invernal que mata hasta las lombrices, escribía cartas a su madre, María Blasa. Sin saber que sólo días después de su marcha al frente bélico había sido también asesinada, en septiembre de 1937, por los fascistas locales junto a otras ocho mujeres en un angosto callejón puebleño conocido como el de la Fuente Vieja. Rosas de Guzmán que padecieron una venganza atroz durante los muchos días, semanas y meses que permanecieron retenidas en la vieja carnicería del pueblo, utilizada como almacén municipal.

LA LEY DE MEMORIA HISTÓRICA NO LLEGÓ A ELLAS

Diego Domínguez Ponce y María San Blas (Blasa) Álvarez Cano tuvieron cuatro hijos: María Jesús, a la que le mataron a su novio, José, Martín y José (Pedro el Sastre). A Blasa iban dirigidas las cartas inútiles que le mandaba su hijo desde el frente. “Estuve escribiendo a mi madre desde septiembre de 1937 hasta que me dijeron en diciembre que había muerto”, recuerda ahora José en su casa de Puebla, en medio de un increíble archivo personal, ordenado recuerdo con nombres, horas, testigos y víctimas de aquellos años que le rompieron el corazón y le fortalecieron la memoria.

No fue hasta el último mes del 37 cuando descubre la verdadera causa de la muerte de María Blasa, su asesinato a manos de los muy activos piquetes fascistas locales. Y supo también que su madre comparte una fosa común, donde hoy todavía reposan sus restos, junto a los de otras quince mujeres puebleñas asesinadas, y a las que no recuerda ni un simple monolito de esos que florecieron al calor de la Ley de Memoria Histórica. Como tampoco lo hace ninguna metopa o similar que haga referencia al centenar de vecinos asesinados por los represores locales que se hicieran triste y desgraciadamente famosos por todo el Andévalo y que parecían poseídos y devotos del pagano y sanguinario Baal, el dios vengativo que exigía sacrificios y que cuentan crónicas y curanderos que se llegó adorar en estas tierras de Tharsis y Cabezas Rubias en otros tiempos sin civilizar. Como estos. [cita alineacion=”izquierda” ancho=”50%”]Supo que su madre comparte una fosa común con otras quince mujeres a las que no recuerda ni un simple monolito de esos que florecieron al calor de la Ley de Memoria Histórica[/cita]

Él no puede olvidar. Ha ideado un proyecto para convertir el viejo cementerio puebleño en un lugar de memoria, lleno de vida, jardines, fuentes con agua clara. Y lo propone antes de que la piqueta o el hormigón acaben por engullir, esta vez para siempre, a las quince rosas allí enterradas y a las decenas de represaliados que yacen bajo los nichos derruidos, agrietados y expuestos a la intemperie.

José fue a la guerra con 19 años y hoy cree que estuvieron esperando a que “saliéramos del pueblo los reclutas para cometer sus bárbaros crímenes”. “Ordenaron el asesinato de aquellas mujeres y hombres sólo por satisfacer el instinto criminal fascista, ese ansia de destrucción de la vida que tenían”, apunta El Sastre, mientras busca uno de los muchos papeles donde lo tiene todo minuciosamente apuntado y que recoloca en su sitio como si se fuera a perder durante la entrevista.

Ninguna de estas mujeres tenía filiación política ni actividad sindical. Su único pecado fue el de formar parte de una familia en la que muchos de sus hombres habían sido ya eliminados.

Antes de ser asesinadas en el callejón de la Fuente Vieja muchas de ellas fueron vejadas en aquella lúgubre carnicería, siniestro lugar donde sus familiares iban a diario a llevarles la comida, con el temor de que cualquiera sería el último día de su existencia. “No se les hizo juicio, nada. Sacadas a media noche y llevadas a un paredón”.  Días después otras seis mujeres corrieron la misma suerte. [cita alineacion=”derecha” ancho=”50%”]Antes de ser asesinadas en el callejón de la Fuente Vieja muchas de ellas fueron vejadas en aquella lúgubre carnicería[/cita]

Su muerte, su crimen no fue tan anónimo como pretendían sus verdugos. José Domínguez tiene apuntados los nombres de testigos que vieron y oyeron los últimos momentos de aquellas Rosas de Guzmán en la flor de la vida que les quitaban cuando apenas sabían lo que era la juventud. “Tal fue la degeneración a la que llegaron sus verdugos que uno del pelotón levantó la falda a una de las que acababa de fusilar y le hizo gestos obscenos”, cuenta José Domínguez, que no para de buscar otra de sus notas en las que aparece subrayado en nombre de los testigos y alguno de los asesinos.

La vejación al cuerpo inerme de Dolores fue tan cruel que no pasó desapercibida al jefe del piquete de fusileros que amenazó con pegarle un tiro al autor de tal fechoría, quien antes la había estado acosando sexualmente sin lograr su objetivo. “A varias de ellas, antes de matarlas, las pelaron y le dieron aceite de ricino. Solo la venganza, la crueldad puede explicar ese comportamiento”, piensa José Domínguez, para quien no hay motivos para desencadenar aquella brutal represión. No les hizo falta buscar pretextos.

A los familiares de muchas de las víctimas les espetaban los simpatizantes del golpe contra la República en plena calle ‘Po y eso, parece que hemos cambiado el colorao por el negro”. Se referían a las proclamas republicanas que habían sonado en Puebla desde el mismo invierno de 1930, sustituidas ahora por el luto con olor a muerte que impregnaba e inundaba todo. Esa gente, muchos de los cuales llevaban una visible cruz colgada al cuello “no tenían corazón. Esa cruz no les tocaba nada más que la ropa”, señala José.

Otra de las justificaciones que dieron como pretexto para sus desmanes fue la quema de la iglesia y los daños a la ermita. “Si no hubieran quemado la iglesia… no hubiese pasado esto”. No, responde José, aquello era “fobia, rabia asesina, sed de venganza”. El Sastre dice que a mucha gente asesinada le dolió la quema de la iglesia aquella madrugada de julio y los actos sacrílegos contra la devoción de la Virgen de la Peña.

Después de todo aquello hay una cosa que sigue pensando José con todo el dolor de sus recuerdos: “Un arma grande de los franquistas fue el olvido, han llegado a desfigurar la realidad de un país. Y sus herederos políticos continúan hoy la tarea”.

Puede que tenga razón este enjuto nonagenario metido entre dos siglos que ahora se tocan en sus apuntes, en sus libros, cuadernos, en sus fotografías, en los ríos de palabras que fluyen en este deshielo de su vida, memoria viva del socialismo de los siglos XX y XXI.

No tuvieron mucha dificultad los fascistas en el caso de Puebla de Guzmán para encontrar un hilo conductor a sus fechorías pues había sido uno de los pocos pueblos de Huelva, las andalucías y España donde se abrazó con enorme y estruendoso entusiasmo el pronunciamiento militar, a favor de la República y contra la monarquía endeble de Alfonso XIII, de Galán y García Hernández en Jaca.

Qué se podía esperar de un pueblo con más de 7.000 habitantes, mina (Herrerías), mineros, casa de médicos, teatro (Aurora) en aquellos años 30 que precedieron a la causa republicana que nació el 14 de abril de 1931 y murió un 18 de julio de 1936.

La incansable memoria y el afán historiador de Pedro El Sastre evita que aquellos hechos, importantísimos, en el devenir de España en general y Huelva en particular se pierdan y olviden como si nunca hubiesen sucedido. Sus palabras revalorizan la historia local que luego será la de España.

Una vez más las letras de José sirven de guión para recordar en primera persona y revivir una España entre la dictadura (blanda de Berenguer), un desprestigiado Rey y la II República que poco a poco se abría paso en medio de un sinfín de tensiones y conspiraciones.

PUEBLA REPUBLICANA

El Gobierno consiguió aplacar el intento republicano con el fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández pero la lentitud en el circular de la noticia del fracaso de los militares, la desinformación y confusión que rodearon el momento llevaron a los puebleños, guiados por el maestro Francisco Lianes y Francisco Pérez Carrasco, a proclamar y hacer suya aquella República naciente. El pueblo andevaleño se convirtió así en uno de los primeros y pocos que abrazaron la nueva forma de gobierno. El Sastre describe al maestro Lianes como un sincero seguidor de “la evolución y la revolución de la enseñanza. Hizo desaparecer la palmeta (la letra con sangre entra) de la escuela ya en 1928”. Durante dos días, Puebla fue republicana.

El diario de José Domínguez Álvarez es tan útil para los estudiosos de la historia a pie de calle, un verdadero antídoto contra el olvido impuesto por 40 años de dictadura franquista, que realiza una verdadera disección de la represión fascista en Puebla de Guzmán. Pocos pueblos y sucesos de esta magnitud cuentan con un notario tan fiel. Un listado de un centenar de nombres de represaliados, depurados, vejados y, algunos, torturados que completa el aportado en el libro La Guerra Civil en Huelva, de Francisco Espinosa, y que alcanza 46 nombres, de los cuales 8 son mujeres.

La lista que ofrece El Sastre bajo el particular epígrafe de Relación de personas de Puebla de Guzmán asesinadas durante la inhumana represión franquista llega al centenar y no solo se basa en sus nombres y apellidos sino que ubica, describe los lugares y aporta, en algunos casos, los nombres de testigos que pudieron ver y oír los fusilamientos y sus consecuencias inmediatas, los cuerpos y cadáveres de las mujeres y hombres liquidados sin juicio previo ni prueba alguna en su contra. Inscribe a las víctimas pero añade a la fecha de su fusilamiento el lugar donde se cometió el acto criminal represivo, sus familiares y descendientes y en algunos casos los pormenores y circunstancias que rodearon los hechos. Para que no haya dudas, su relación incluye los apodos por los que eran conocidos en el pueblo y lugar de residencia.

El análisis de víctimas cuenta con tres apartados que llaman la atención: los asesinados que vivían fuera de Puebla de Guzmán; un completo subrayado de las víctimas femeninas de la purga criminal franquista y una concreta enumeración de personas de la misma familia que fueron víctimas de aquella masacre. Entre ellas destaca la suya, la familia Ponce-Álvarez, que además del propio matrimonio perdió a una hermana, María Domínguez Ponce; al yerno, Manuel Romero Fiscal; y a un sobrino, Mateo Domínguez Rodríguez. 26 nombres, unidos por la unidad familiar, masacrados entre la Fuente Vieja, la Curva de la Muerte o un domicilio particular. Aquí apunta José Domínguez el caso de  Dolores Ponce Barbosa, la del Barrio Chico, 27. Junto a las listas incluye los nombres de puebleños que vieron y han podido contar algunos de los hechos.

A un joven José Gómez Montesinos, a quien despiertan los disparos del pelotón de fusilamiento de la Curva de la Muerte cuando estaba dormitando en una era de las inmediaciones. Bajó a ver lo que pasaba y un miembro del piquete le advirtió y le obligó a irse. “Tuvo suerte, pudo ser el número 22 de los fusilados aquel día de agosto de 1936″, subraya. Otros (Diego Mora y su padre, los Tangonero), cuando se encontraban cuidando unas cabras tras unas piedras amontonadas, majanos, conocieron a quien dio la voz de ¡fuego! Y seguidamente las mortíferas descargas. José Domínguez, una vez más, plasma en letras la crueldad de aquellos momentos: “Incomprensiblemente, uno, apodado Mozo (vivía en Cebadilla, 16)  logró huir del fusilamiento pero fue capturado por los dos miembros más jóvenes del piquete. Cuando uno de ellos iba a rematarlo, el otro se lo impidió diciendo ¡déjamelo, que es mi vecino!, luego lo arrastraron a la cuneta junto a los demás, que fueron ocultados y conducidos hasta su destino en Alosno”.

No se olvida del caso de la Tía Chica, madre de Juan José, con dos hijas más. “Escondida tras los muros de su corral, que formaba parte del callejón, escuchó la preparación de los crímenes de las nueve mujeres en Fuente Vieja en los confines del verano de 1937”.

Como si de un recordatorio se tratara, José deja señalados los lugares de Puebla, aquellos testigos mudos de los asesinatos, y algunos de sus autores, muchos de ellos protagonizados por piquetes fascistas locales. Rincones como la Curva de la muerte (21 asesinatos), cementerio (no aportado el total de víctimas debido al desorden y capricho con que se cometieron tales actos), Callejón de la Fuente Vieja (nueve mujeres) la escalinata pequeña del Castillo, la Fuentecilla (hoy pista hípica), finca Gasparito, Majal Tomillo, o en la calle Barrio Chico. En ninguno de ellos se recuerda a los asesinados, ni siquiera a las Rosas de Guzmán. [cita alineacion=”izquierda” ancho=”50%”]Las notas redactadas por José Domínguez, socialista confeso y republicano convencido, son un ensordecedor escaparate que hace enmudecer al que lo ojea[/cita]

Las notas redactadas por José Domínguez Álvarez, socialista confeso y republicano convencido, es sin duda un ensordecedor escaparate que hace enmudecer al que lo ojea pero también ayuda a comprender la dinámica criminal de la maquinaria represiva fascista desencadenada como un huracán de fuego en los primeros días, meses y años que siguieron al golpe de estado del 18 de julio de 1936. Muestra descarnadamente lo que el mismo autor denomina “instinto criminal” y que queda claro tras el asesinato de las nueve mujeres que fueron sacadas de la antigua carnicería para conducirlas al paredón o de las otras seis que siguieron su suerte y desdicha.

Sus verdugos, después de cometer aquel crimen, se jactaban por el pueblo de lo que habían hecho. La escena no puede ser más tenebrosa: “Los criminales cargaron los cuerpos de las mujeres en un carro requisado. Iba tirado por una sola bestia. Tuvieron que empujarlo para que el animal subiera la cuesta que lleva al cementerio

Yo luché en la Segunda Guerra Mundial

Yo luché en la Segunda Guerra Mundial

“Coño, pues me fui a Rusia. Pensaba que no podía ser peor que la cárcel. Pero me equivoqué”

“Soy un viejo duro”, dice Manuel Mendoza, dándose palmetazos en las rodillas. Manuel, la cara huesuda, la nariz afilada, una ligera sonrisa de satisfacción, habla en la salita de su casa, con el bastón en un lateral de la silla, la gorra en el otro, la tele encendida y muda. “Se está muriendo todo el mundo”, constata, con un punto de orgullo. Tuerce la boca en un gesto ambiguo, un gesto que significa “es una pena”, pero también “yo sigo aquí”. Luego arranca una lista infinita de nombres y motes, ancianos de Puerto Serrano (Cádiz), ya fallecidos, y termina con un “a mí no me gustan los entierros” que puede o no esconder un sarcasmo.

“Un viejo duro”, repite. A sus 94 años, Manuel tiene que serlo para seguir por aquí, “dando guerra”, con el único lastre de algunos achaques menores. “Me falla la memoria”, se queja. “Y me duelen los huesos por el frío que pasé en Rusia”. Es difícil que al abuelo aún le pesen los 40 grados bajo cero que padeció en el cerco de Leningrado, pero a Manuel nadie se atreve a llevarle la contraria. No es difícil entender por qué.

El otro veterano, Miguel Ramira, también es un hombre duro. Tiene 93 años y siete balazos en el cuerpo. Las cicatrices le suben por el pecho hasta el cuello. Los proyectiles le dibujaron una cremallera en diagonal y le dejaron una especie de costura punteada. Las heridas, dice, son “un recuerdo de la bahía de Narvik”. Tiene otros: el mareo en las barcazas, la costa en llamas, el reflejo del cañoneo sobre el mar de Noruega.

EN LAS FILAS DEL EJÉRCITO ALIADO

En realidad, Miguel Ramira no se llama Miguel Ramira. Tiene una teoría particular al respecto. “Cuando empieza una guerra, todo puede cambiar: incluso tu nombre”. Es lo que el historiador Eduardo Pons Prades bautizó como “la entropía bélica”, personalizada en la peripecia de Miguel. El 18 de julio de 1936, él era un pastor de Grazalema (Cádiz) preocupado por que la calima marroquí no subiera y le secara los pastos y al poco tiempo se descubrió intentando que no se le salieran las tripas sobre la cubierta de un buque extranjero, a miles de kilómetros de su casa. Hasta el invierno del 39, su historia es la de una lucha en retirada permanente. Peleó con los guerrilleros republicanos en la Sierra de Ronda, se replegó hasta Málaga y Valencia adscrito a la 31 brigada mixta, y después en el Ebro, con el mítico cuerpo 12 del Ejército. Más tarde, sufrió la derrota: Barcelona, La Junquera y un campo de internamiento en Perpignan. Allí murió Miguel Ramírez y nació Miguel Ramira, justo cuando el hambre y la amenaza latente de la deportación le hicieron alistarse en la Legión Francesa bajo el paraguas de otra identidad. Un funcionario apuntó mal su apellido y Miguel decidió no corregirlo y aceptar el trueque: un nuevo nombre a cambio de seguir peleando. En sus documentos actuales aún figura así.

A Miguel no se le escapa que los republicanos enrolados en la Legión Francesa, con el chantaje explícito del regreso forzoso al otro lado de los Pirineos, estaban allí para ser carne de cañón. Su entrenamiento en Orán no fue un paseo. Algunos oficiales franceses los miraban con recelo, como una comitiva extraña de espectros derrotados, inútiles para la batalla. “Olvidaban que teníamos muchos más motivos que ellos para enfrentarnos a Alemania”. Gernika, la Cóndor, los blindados de Madrid. “Además -explica Ramira-, cualquiera de nosotros llevaba tres años de guerra encima”. La mayoría de los superiores, tácticos novatos y chicos de academia que sospechaban del carácter anárquico y supuestamente indisciplinado de los exiliados españoles, no había entrado jamás en combate.

El 12 de mayo de 1940 se produjo el primer desembarco aliado de fuerzas bajo fuego enemigo de la Segunda Guerra Mundial. “Al final sólo les sirvió como prueba”. La Wehrmacht había ocupado Noruega en abril. En el puerto de Narvik, un fondeadero natural escoltado de montañas (“una pesadilla para cualquier atacante”) cargaba el hierro sueco que surtía las fábricas del III Reich. “La única manera de tomarlo era con una de esas operaciones anfibias de las que todo el mundo hablaba, pero que nadie había probado nunca”.

Los cuerpos expedicionarios británico y francés decidieron intentarlo. A los españoles de la 13 Semibrigada les tocó ejercer la vanguardia en el asalto. Allí, a los pocos metros de abandonar la barcaza, fue donde lo ametrallaron. Lo evacuaron de urgencia hasta Escocia. Cuando le dieron el alta, los aliados le pagaron la entrega con la opción de vivir en un estadio de carreras para galgos, hacinado con otros miles de refugiados europeos. En la pantalla del cine de Shepherd Bush escuchó a Winston Churchill gritar aquello de que en el mundo se libraba una cruzada entre el bien y el mal. El 28 de agosto, apenas repuesto de sus heridas, se alistó en el Regimiento Real de la Reina. “Esta vez di el paso de forma voluntaria”, explica. Sentía, “modestamente”, que no podía hacer otra cosa.

Con el Regimiento luchó en el Lejano Oriente, hasta que lo transfirieron a la Compañía Número Uno del Cuerpo de Pioneros (la ‘Spanish Company’). Haciendo guardias en Bournemouth, en abril del 44, descubrió las maniobras que los aliados hacían en New Forest. El ensayo general del Día D. Se preguntó si le tocaría participar en la toma de Francia. Pensó que sí. Acertó. Desembarcó en Normandía poco después del asalto, pero, por suerte, esta vez no sufrió la primera línea. Tensó alambradas y construyó puentes.

EN EL BANDO ALEMÁN

La memoria rusa de Manuel Mendoza es un puzzle de piezas cojas, desordenadas, que a veces encajan y otras veces no y que obligan a una entrevista absurda, llena de lagunas y de reiteraciones. Manuel se agota y pierde el hilo constantemente, se empeña en un discurso circular y deslavazado por el que asoman, de vez en cuando, detalles estremecedores.

Recuerda, por ejemplo, que participó en el cerco de Leningrado (del que se cumplen ahora 70 años), adscrito al Regimiento de artillería de la División Azul, bajo mando del coronel Badillo. Pero no sabe si lo recuerda porque sí o porque alguien se molestó en explicárselo después, le apuntaló los detalles que a él ya se le escapaban, las banderas, las fechas, los frentes, las posiciones de su batallón. Sabe que estuvo en la Blau Division junto, al menos, otros dos paisanos de su pueblo, uno de los cuales confirma la historia con un mutis involuntario y lejano: el seco testimonio de su nombre, esculpido en una de las lápidas del cementerio alemán de Novgorod. “Pitera”, dice el anciano, refiriéndose a su compañero por el mote. “Allí se cargaron a Pitera”.

Manuel explica, a su forma, que no todos en la División eran falangistas o militares obsesionados con frenar en los Urales el poder soviético. También había parias, muertos de hambre, conversos enrolados para lavar su culpa, impostores dispuestos en cambiar de trinchera y, sobre todo, tipos con mala suerte, tipos duros o cabezones como Manuel que no supieron guardar las formas y acabaron rellenando los llamados “cupos sucios”, muleros, ‘mataliendres’ o enterradores. “Yo terminé en Rusia porque metí la pata dos veces”, cuenta el abuelo

La primera. Pocos días después del levantamiento, Manuel, un adolescente ajeno a la política por falta de voluntad y de cultura, se dirige a Puerto Serrano desde el cortijo en el que guarda cerdos a cambio de un jornal miserable. Una patrulla de falangistas de El Coronil le da el alto y le pide el salvoconducto. Manuel carece de documentación alguna, pero se empeña en continuar. La patrulla le regala una paliza de muerte. Manuel no olvida la afrenta. Año y medio después, ya reclutado a la fuerza por el bando nacional, pide un servicio voluntario en El Coronil. En su primera noche en el pueblo, se emborracha. En todos los bares pregunta por un cabo de Falange al que está buscando “para devolverle un favor”.  La Guardia Civil lo detiene y lo manda al calabozo por gritar amenazas de muerte.

La segunda. Manuel, con el historial sembrado de fugas e insubordinaciones, ejerce de guarda en el Penal de El Puerto. Un capitán, (“el capitán Terry”, dice) le afea que se dedique a despiojar a los presos, algunos de los cuales eran conocidos de la Sierra. El capitán lo llama vago y le ordena que saque brillo a las letrinas. Después, “para asegurarse” de que los baños están limpios, pretende que Mendoza bese el borde de un retrete. Manuel se niega. Terry intenta obligarlo por la fuerza, lo coge por el cuello, le dobla un brazo y le baja la cabeza hasta el agua del váter, pero, en mitad de la refriega, el soldado se revuelve y propina un mordisco al capitán. Le arranca una oreja. Tras el Consejo de Guerra, un Coronel, extraoficialmente, le da dos opciones: o cumple diez años de cárcel o se enrola voluntario para ir a Rusia. “Coño, pues me fui a Rusia”, resume Manuel. “Pensaba que aquello no podía ser peor que la cárcel”, aclara. “Pero me equivoqué”.

CADÁVERES POR TODAS PARTES

Dice Mendoza que algunas noches todavía se acuerda del frío que hacía en la estepa y le entra la tiritera. El frío es la única constante de una narración incoherente, sembrada de inconcreciones y saltos en el tiempo. En el invierno del 42, la División sufrió temperaturas de 40 grados bajo cero. Los españoles, de entrada, tenían más bajas por congelación que por fuego de combate. “Hacía tanto frío que yo me pasaba el día bebiendo aguardiente”, reconoce el anciano, sonrisa en ristre. “O metido entre las bestias”. “Soldados rojos vi pocos”, admite. “Pero muertos… muertos sí que vi. Muchos muertos. De los nuestros”.

Cuando llegó al Frente, el oficial responsable de asignar las tareas no tardó en apreciar que Manuel tenía buena mano con los animales. Le asignó una recua de yeguas y mulos que servía para variar la posición de los cañones. “Con tanta nieve y tanto barro, eran más fiables que los coches. Y se congelaban menos”. Así que el recluta, en retaguardia, pasaba frío, movía piezas de artillería, bebía aguardiente y dormitaba entre las bestias, hasta que los rusos se cansaron de jugar al gato y al ratón y, en pleno invierno, decidieron romper el frente.

Es posible que lo que Mendoza vivió de cerca fuera la resaca del contraataque ruso de febrero del 43, una acción a la desesperada que causó a los españoles 1.121 muertos, 1.035 heridos y 300 capturados en 24 horas. “Recuerdo el jaleo en la tropa, aunque nosotros no estábamos en primera línea. Y los bombardeos que destrozaron el frente y mataron a Pitera”. “Sí, lo recuerdo”, insiste el anciano, satisfecho consigo mismo, aunque es incapaz de aproximar una fecha. También recuerda perfectamente la noche en que su oficial al mando lo condenó a una pesadilla de por vida.

Durante todo el día, las bombas rusas habían hecho trizas las posiciones españolas. “El oficial me ordenó que cogiera un carro en cuanto se pusiera el sol, me acercara al frente y lo cargara de muertos, con cuidado por si quedaba algún español vivo. No querían que fuéramos en camión para no hacer ruido”.

El carro de Manuel cruzó dos veces el trecho de nieve que separaba el campamento del campo de batalla. De vez en cuando, las bengalas rusas iluminaban el llano helado que bordeaba la periferia de la ciudad, y entonces Manuel y su compañero se daban cuenta de la magnitud del empeño: “Había cadáveres por todas partes, medio enterrados en la nieve”. Nada se movía. Nadie se quejaba. Nadie pedía ayuda. El frío se había encargado de rematar a los heridos.

Manuel y su compañero descargaron en la morgue el último carro de soldados muertos (después supo que milagrosamente alguno aún respiraba) y terminaron el servicio al amanecer. Agotado, cubierto de sangre y de barro, el anciano recuerda que se acercó a ver a su oficial. “Le pedí un permiso largo porque había cogido un poquito de asco”, dice. Ahora, cuando lo cuenta, no sonríe. En el argot de la trinchera, “coger asco” significaba entrar en shock, en fase paranoica o depresiva. “El oficial me miró de arriba abajo y me dijo: ‘Ve a lavarte, Mendoza, que pareces un carnicero’”.

LA ÚLTIMA BATALLA DE RAMIRA Y MENDOZA

Antes de ser desmovilizado, en 1946, Miguel Ramira perdió la última batalla. El alto mando aliado decidió que con Berlín era suficiente. Los miles de españoles que luchaban bajo todas sus banderas asistieron con estupor a la renuncia de Yalta. “Primero Hitler”, nos decían. “Después, Franco”. “Nos engañaron”. “Yo estaba y estoy en contra de todas las dictaduras, sean del color que sean”. Hoy, residente en Londres y viudo de una vizcaína, hija de republicanos como él, a Miguel le cabe el orgullo de haber contribuido (con su sangre) a liberar al mundo de un monstruo. También de que la historia comience, poco a poco, a reconocerle su gesta. El investigador francés George Blond escribe sobre el soldado Ramira y sus compañeros: “Muchos oficiales los habían mirado con desconfianza, llamándolos despectivamente ‘los rojos’ y lamentándose de que estuvieran en Noruega. Sin embargo, después destacaron en sus informes que ‘se habían batido como leones’ en las escarpadas sierras de Narvik”. Quinientas lápidas nevadas y grises, perdidas en un pequeño cementerio nórdico, dan fe de que así lo hicieron.

Manuel Mendoza no guarda ningún recuerdo físico de aquellos días. “¿Para qué?”. Insinúa que se desprendió de todos (incluyendo un reloj de pared que logró en el asalto a una mansión vacía y que se empeñó en traer a España) tras la muerte de Franco, por pura precaución o por miedo. De los otros, de los que dan frío, sí conserva unos cuantos. Recuerdos duros como él. Imágenes que, sobre todo de noche, le asaltan la memoria. Por ejemplo: rostros congelados, la tumba de Pitera o la oreja rota del capitán Terry. Y los muertos. “Muchos muertos. De los nuestros. Allí nadie se movía. De eso sí que me acuerdo: allí no se movía nadie”.

Una vacuna contra la tristeza

Una vacuna contra la tristeza

Se preocuparon de sacar adelante a sus hijos, su casa… Pero se olvidaron de ellas

– ¿Quién tiene problemas musculares?

Todas levantan la mano, salvo una. Loli mira incrédula al resto de compañeras y suelta con cierto alivio: “Pues a mí ya no me duele … ni el cuello, ni las piernas, ni la espalda… ¡Desde que vengo aquí soy capaz de subirme a un pino!

Nueve mujeres se sientan formando medio círculo en la amplia sala de un centro de salud sevillano. La mayoría nunca se había visto antes, pero después de diez sesiones de terapia, se besan, se agarran fuerte las manos y se consuelan: “¿Estás llorando, Carmen?”. Y Carmen da un pequeño respingo en la silla, se recompone y vuelve a fijar la vista en la pantalla. Conchi la mira con ternura, mientras asiente con la cabeza a la explicación de Urbina Aguilar, la trabajadora social que ha logrado llenar de aire fresco sus vidas.

Hace tres años la Consejería de Salud detectó que había mujeres que acudían a su médico de cabecera porque les dolía el cuerpo, no podían dormir, se ahogaban. En los exámenes clínicos, no encontraban patología alguna a sus dolencias ni lograban atinar con la receta que aliviara a estas mujeres de esa tristeza que se había apoderado de ellas y les golpeaba el cuerpo sin dejar un rastro clínico. Surgieron entonces los grupos socieducativos en atención primaria, los GRUSE. Terapias grupales que ayudan a mujeres sobrepasadas por sus problemas cotidianos a hacer frente a las cargas familiares, laborales, económicas… y a luchar contra la tristeza y la soledad de su rutina. Les ofrecen las herramientas necesarias para evitar que caigan, finalmente, en las redes de la enfermedad mental, las enseñan a ser fuertes, las ayudan a no sentirse solas. 

Se trata de una experiencia pionera en Andalucía sólo dirigida a mujeres, al menos de momento, que pretende combatir las cifras: las mujeres, sobre todo desde que comenzó la crisis, tienen más riesgo de padecer una enfermedad mental en el futuro. De los 253.372 andaluces que fueron atendidos en 2012 por problemas de salud mental, el 68% eran mujeres.

A Conchi se le hizo un nudo en la garganta mientras hacía las maletas para irse de vacaciones. Se ahogaba, era un dolor real, físico. Tan real que llegaron a meterle un tubo por la garganta para saber si se había atragantado con algo. Pero nada, ni rastro. El dolor se le pasó a la barriga. Sin rastro de patología. El médico de cabecera le recomendó entonces acudir a estas terapias para comprobar si ese dolor que sentía era mucho más profundo. “Sólo nos daremos cuenta de lo útil que está siendo esto para nosotras cuando haya acabado”, lo dice convencidísima, poniendo la mano en su pecho, recordando que fue entre estas nueve mujeres, hoy compañeras de viaje, donde descubrió que la muerte traumática de su padre y de la novia de su hijo, a quien cuidó hasta morir de un cáncer, le pasaron factura. Ella no se había percatado de la herida, hasta que empezó a dolerle el cuerpo. “Ahora me doy cuenta de lo duro que fue todo aquello… y puedo hablarlo… y recordar esas palabras de mi hijo… Mamá tenía las manos llenas y ahora las tengo vacías”. Conchi se preocupó de sacar adelante a su hijo, a su familia, a su casa. Pero se olvidó de ella.

Carmen mira a su compañera y explica: “Es que hemos querido ser unas superwoman, pero llega un momento en que el cuerpo tiene un límite y estalla… y entonces empieza la falta de sueño, los tics en el ojo, la ansiedad”. Carmen estuvo veintitantos años sacando su casa adelante, a sus hijos, su empleo, ayudando a sus padres y a una hermana con discapacidad. Hasta que una artritis la apartó de su trabajo y se encerró en casa. Y empezó a sentirse mal: “He querido ser muy perfeccionista, controlarlo todo, pero llegó un momento en que me dolían hasta los codos, porque me impuse abarcar demasiado”.

“¡Ay!”. Un profundo suspiro llena la habitación. Y lo inunda todo. “Perdonad, disculpadme”, dice María agarrándose el pecho. “Yo antes me desahogaba mucho con mi hermana, pero ahora está enferma del corazón y no quiero darle disgustos”, confiesa a modo de disculpa. Tiene el pelo muy cano, la mirada cansada. Primero cuidó de sus padres, ahora de su marido, enfermo de parkinson. Todos los minutos de su vida giran en torno a él. “Yo no tengo miedo a enfermar, es por él, porque a mí morirme me da lo mismo” y prosigue con su desahogo, porque sabe que todas la escuchan con mucha atención. Flori le coge la mano. “Mi marido a veces me dice que dónde está la mujer que tanto se reía, pero a mí ya no me hace gracia nada”, prosigue como una letanía, mientras mira el reloj: “Ya estoy nerviosa, las seis menos cinco. A las siete le toca la pastilla”.

“¿Cómo puede reaccionar el cuerpo al estrés?”, pregunta entonces la trabajadora social. “Yo lo tengo constantemente”, contesta rápido María como volviendo en sí: “Es como si estuviera recién operada de corazón”. “Pero aquí se me pasa… aquí es donde me siento más segura”. Un total de 3.027 mujeres participaron en 2013 en estos grupos puestos en marcha en atención primaria en toda Andalucía.

PROTAGONISTAS DE SUS VIDAS

La idea surgió en Málaga. En el centro de salud mental Limonar se dieron cuenta de que había un gran número de mujeres que llegaban al médico con “sobrecarga emocional por cuidado de dependientes, a raíz de separaciones, por dificultades económicas…” y pedían acudir al psicólogo. “Se encontraban desanimadas, tristes, sin encontrar respuesta a lo que les pasaba”, explica Urbina Aguilar, trabajadora social y responsable de uno de estos grupos. Pero los psicólogos, explica, “sólo se encuentran en las unidades de salud mental y están dedicados y preparados para atender enfermedades graves” y debido al aumento de casos, sobre todo sobrevenidos con la crisis económica, “no estaban dando una respuesta adecuada a la situación específica que planteaban estas mujeres”, afirma.

El programa ya ha formado 393 grupos en los centros de salud de toda Andalucía -hasta 2013-. En principio sólo se dirigen a mujeres, aunque como confiesa Urbina Aguilar, la crisis está siendo un factor determinante para que emerjan este tipo de dolencias no sólo en mujeres, por lo que anuncia, la Consejería ya está estudiando la posibilidad de que estos grupos se amplíen a hombres desempleados, un colectivo que también empieza a dar síntomas de agobio, depresión y tristeza por las duras dificultades que les impone la actual situación económica. Según Urbina Aguilar, las terapias también podrían dirigirse a un colectivo más específico, como es el de mujeres prostitutas.

Uno de los éxitos de la iniciativa, confiesa Urbina, es que, al final, estas mujeres “no se sienten solas, responsables únicas de sus problemas… dejan en parte de estar totalmente volcadas en los demás y empiezan a ser protagonistas de su vida. Cuando sucede es mágico”. Si de algo se sienten orgullosos los profesionales que forman parte de estos grupos es que han logrado que mujeres víctimas de la violencia machista encuentren un refugio en el que denunciar. Y entonces Urbina saca con cierta emoción un papel. Una carta.

“Gracias por enseñarme a vivir de nuevo, a controlar mis nervios y emociones, por demostrarme que hay vidas diferentes que también son vidas, por enseñarme a expresar mis sentimientos, por devolverme las ganas de vivir…”. Alguien escribió esta carta desde la provincia de Jáen agradeciendo a Leo, el trabajador social, su mano tendida en este camino. Una mujer, víctima de la violencia machista que encontró en sus compañeras el abrigo para poder dar un paso adelante: “Queridas compañeras mías, quiero que sepáis que sois un ejemplo para aquellas mujeres que quieran cambiar sus vidas y no se atreven”.